NUBES Y CLAROS
El fondo de la vena
DOS CUESTIONES: vale, soy de esos que creen que correr sólo es sano cuando pierdes el autobús o cuando el que corre detrás de ti trae malas intenciones. Y, en cualquier caso, tengo del deporte una visión bucólico festiva que poco se ajusta a la realidad: afición, diversión, capacidad de superarse,... Pero el mundo de la competición mueve montañas de ambiciones e intereses, y sobre todo dinero, mucho dinero. En esencia, ni en lo físico ni en lo filosófico tiene este asunto mucho que ver conmigo. Dicho lo cual, me deja perpleja la aparente sorpresa con la que han sido acogidas las detenciones por supuestos manejos de doping en el ciclismo, uno de los deportes más castigados por algo más que las sospechas. Ni es la primera vez que un ciclista se ve privado de un título por esta razón, ni es el primer responsable acusado de utilizar técnicas fraudulentas. Técnicas que no sólo son ilegales, sino que se antojan espeluznantes por el trasiego de sustancias, sangres propias y de familiares, quita y pon de flujos susceptibles de ser analizables,... Algún ciclista comentaba ayer que, por mucha sustancia que se les inyecte, «un burro no puede convertirse en un caballo de carreras». Es muy cierto. Nadie duda a estas alturas de la capacidad física, de sacrificio y de esfuerzo, de estos ni de otros deportistas. Pero no es menos cierto que la constante superación de logros deportivos nos hace temer a los profanos que hay algo más que dotación física en las prodigiosas facultades que exhiben. En el caso del dopaje, quiera reconocerse o no, estamos hablando de detección de sustancias que la ley no permite, no de ausencia de estimulantes y otras «herramientas» de mejora. Que haberlas, quién puede dudarlo, haylas .