Diario de León
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FERNANDO ONEGA
León

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LO OCURRIDO el sábado en León, y en torno a este periódico, permanecerá mucho tiempo en nuestra memoria. Primero, por ser el centenario de un medio de comunicación. Cuando esa cifra mágica de cien años se vida se alcanza, la sociedad -y no sólo los periodistas- tienen mucho que celebrar. Es una voz que ha conseguido sobrevivir, como anotábamos ese mismo día, en un país convulso, que demasiadas veces ha querido matar la libertad, y la mejor forma de hacerlo ha sido descargando sus iras sobre esos escenarios de pensamiento y debate que son los periódicos. Y segundo, por lo que se ha visto: una amigable convivencia entre el poder político de dos signos -el socialista, en la persona de Rodríguez Zapatero, y el popular en la persona de Juan Vicente Herrera- y una amplia representación del pluralismo informativo español y de sus empresas. Ha servido, sin duda, para que ambas partes hayan coincidido en valorar lo que un diario aporta a la convivencia y a la libre expresión de las ideas. De lo dicho en la entrega del Premio Centenario, me quedo con la importancia que Zapatero otorgó a la prensa local. Reconocer su trascendencia para la creación de opinión es algo que sólo puede hacer quien se hizo a sí mismo en lo que se llama «una ciudad de provincias». Es ahí, en las provincias, donde están la mayoría de los ciudadanos. Es ahí donde se sufren más directamente los problemas diarios de la vida, sin el ruido de la clase política afincada en Madrid, sin la feria de ambiciones en que se ha convertido la lucha política. Una prensa saneada, independiente, rigurosa en sus contenidos y fiel a la idea de servicio público, es la mayor garantía de una sociedad rigurosa ante las decisiones electorales que debe adoptar. Permitir ese libre ejercicio de la función periodística es, por tanto, el mayor servicio que se le puede prestar a la comunidad. Y ahí está la misión que ha sabido desempeñar el Diario de León y a la que le empuja el equipo directivo del periódico, con su editor, Santiago Rey, a la cabeza. «La independencia resulta difícil, e incluso cara», dijo el señor Rey en su discurso. ¡Cómo lo sabe, don Santiago! Lo fácil es ceder a las tentaciones y plegarse a las condiciones de quienes quieren cortar las alas de la información. Lo difícil, lo arriesgado, es tener una visión clara del papel de un medio, de su insobornable lealtad a los lectores y al interés colectivo. Y, para quienes tenemos el privilegio de contar con un balcón en este diario, es un estímulo escuchar esas palabras. Quienes escribimos en estas páginas siempre hemos sido alentados a usar la independencia. Creo que de este Centenario salimos, además, con una reflexión que debe marcar nuestra actitud profesional: «La pasividad es el gran enemigo», dijo Santiago Rey. Lo es, editor. Y tenerlo detectado, es ya una forma de luchar contra él.

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