POR LA AMURA
Tratado de numismática
CENTRADOS en el debate sobre si hay que negociar con ETA, pero sin hablar, y con el Gobierno navegando con el ancla puesta en la travesía más importante que afronta la Nación en los últimos cincuenta años, hay otras noticias que pasan de puntillas cuando en épocas recientes hubieran merecido grandes titulares a diario. Un ejemplo claro es el traslado al fiscal por un juez de Instrucción del gasto de 2,3 millones de euros por parte del anterior Gobierno en un frustrado intento para que José María Aznar obtuviera la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos. Poner precio a algo tan intangible como es la vanidad puede resultar difícil. Habría que recurrir a peritos como don Pantuflo Zapatilla, catedrático de Numismática y Filatelia, para que le pegara un mordisco a la chapa entre sus bigotazos prusianos y evaluara su precio, pero está complicado; primero, porque este experto ya debe andar ocupado tasando los sellos de Afinsa y Fórum, y segundo, porque encima de haberse pulido la millonada, al final no le concedieron la condecoración, y eso que el aspirante era amigo íntimo del jefe Bush. Un purista del liberalismo económico diría que la medalla vale lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella en el mercado. Si esto es así, necesariamente debía de valer más de lo que se ofreció por ella. Pero al que hizo las gestiones y se pulió los 2,3 millones sin resultados, al parecer un abogado norteamericano llamado Pipper Rudnick, sí que habría que darle no una medalla, sino dos: una por tonto y otra por si la pierde. O a lo mejor no, a lo mejor tonto precisamente no era.