LA VELETA
¿A qué apuesta Rajoy?
EN UN memorable documento, Lo imprescriptible , el filósofo Vladimir Jankélévich postulaba la imposibilidad radical del olvido ante la criminalidad política organizaba. El terrorismo moderno pertenece a esa categoría del mal imperdonable, de la imposible caducidad. A las víctimas se les ha despojado de la esencia de su ser en sociedad, con la intención de privarles la identidad y el vivir para los demás, esterilizando así su potencial de acción humanizada. Todo para generar un poder condigno asentado en la amenaza y el miedo, que ostenta como determinante en última instancia el monopolio de la violencia asimétrica. La encrucijada que vivimos en España trae a nuestra conciencia el dilema que se le presenta a los ciudadanos ante la inquietante existencia de las víctimas. Sentimos la tentación de instalarnos en «la buena mala conciencia satisfecha de nosotros mismos» y mirar hacia otro lado; quisiéramos erradicar el problema, que el mal nunca hubiera existido, que allá se la arreglen las víctimas, los verdugos y sus bienintencionados intermediarios, y que nos presenten un futuro tranquilo sin desgarradores dilemas. Pero las víctimas, sus familiares y allegados, están ahí y dicen que así no; exclaman como Ortega que ¡no es esto!; existe la dignidad, la ética, la memoria y el derecho inalienable de los que sufren y han sufrido a ser los únicos que puedan perdonar. Ningún verdugo puede rentabilizar sus crímenes ni lograr con la fuerza y la amenaza latente la consecución de sus objetivos. Sería un suicidio colectivo, el desgarrador silencio del miedo. Y el final de la posibilidad de una democracia decente. La ciudadanía está cansada, no así los violentos, que llevan décadas persistiendo. Pero muchos de los que no han padecido en carne propia los zarpazos del dolor quisieran apartar el problema. En particular los más próximos a las víctimas, sus vecinos y conciudadanos directos, urgen la apariencia de paz y esperanza. Muchas de las falacias del pensamiento social adormecen la conciencia: la violencia es la partera de la historia, las víctimas son accidentes políticos; la vida es una lucha azarosa en la que algunos no tuvieron suerte; el compromiso social es un riesgo; la verdad no existe, todo es relativo, miremos al futuro. Aunque no funcionarán, en la duda hay que ponerse del lado de las víctimas. Seguir el programa objetivo de los verdugos no nos conducirá más que al precipicio de la falsa conciencia colectiva. Nuestra precaria democracia asiste a su segunda encrucijada nacional; pasó hace tiempo el reto de la transición entre regímenes políticos, pero tiene ante sí la más difícil prueba de la resolución de un gran desafío moral.