FRONTERIZOS
En la higuera
EN LAS CALLEJUELAS gremiales de la Ciudad del Puente, protegida por altos muros carcelarios, hay una higuera, que es árbol legendario cargado de energías de muy distinto signo. Algunas tradiciones lo vinculan con el árbol de la ciencia por el que Adán se sintió pecaminosamente atraído. En la cultura judeo-cristiana se le ha tachado de maldito por ser en sus ramas en las que se ahorcó Judas. La higuera florece en la víspera de San Juan, precisamente a las doce de la noche, pero su esplendor dura sólo algunos instantes. El que arranca esa flor es feliz para el resto de sus días. Hay quien se coloca bajo su copa, guitarra en mano, justo a media noche, para aprender a tocar el instrumento por arte de magia. Bajo la higuera del Museo del Bierzo se puede fumar y el humo quema el maleficio cristiano y mantiene vivo el esplendor pagano que convierte una medianera humilde de paja y barro en un gigantesco Tapies. Aquí Cova nos ha cantado las tres palabras de un bolero y Pilar nos hizo temblar con su voz negra haciendo «Summertime» y entonces el cielo caliente del primer verano nos prestó su luz nocturna y el reloj centenario marcó los cuartos a ritmo de Thelonious Monk. Bajo la higuera se nos han hecho cortos los tres conciertos de esas magníficas formaciones jazzísticas de la comunidad y todos queremos más música, más noches en el patio, más madera marxista (de Groucho) para quemar los pensamientos tristes... Estos días la Ciudad del Puente vive en la higuera, en la fascinación colectiva por la que un deporte la ha acercado a las mieles del gran espectáculo. Pero en el patio de Museo hemos estado en la higuera del estremecimiento ante una escala rota de saxo tenor.