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GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN
León

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DADO que en nuestra vida política nos alimentamos más de rumores que de noticias, no hay que esperar a que cambie de estadio la novedad para considerarla creíble. Zapatero no sustituirá a Montilla hasta finales de agosto, y en su lugar es probable que tome asiento en el Ministerio de Industria otro catalán. Las primeras referencias filtradas no aluden a los méritos del que puede ser nombrado ni a sus brillantes ideas. La idea que se fija en el ciudadano es que estamos ante una política de cupos, en la que invariablemente hay que llevar a cabo las sustituciones teniendo en cuenta su procedencia geográfica; al menos en algún caso. Ya llegará la selección por el color de los ojos, la adscripción futbolística o vaya usted a saber qué características. Y profesionales de la política habrá que se empeñen en llevar a los estatutos autonómicos el cuadro de condiciones requerido para cada tarea, más allá de los méritos o las carencias. Entre la paridad de género y otras medidas que es dudoso hagan justicia a los mejores, sumado ahora el cupo por procedencia geográfica, que admite mil variantes, los que nombran cargos altos o medios necesitarán un complejo programa informático que les permita en cada momento determinar si su decisión se adaptará a las exigencias del guión. La sociedad, entre tanto, empeñada en aplaudir todo lo que parece políticamente correcto, se dejará llevar por los nuevos criterios imperantes. Si acaso, los más curiosos podrán dirigirse al ocioso Arzalluz para preguntarle, por mera curiosidad, si algunos catalanes son los únicos que tienen el RH apropiado para desempeñar la cartera de Industria. El post montillismo puede nacer en un ambiente tan folclórico como aquél en que se ha desenvuelto la política catalana de los últimos tiempos.

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