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VALENTÍ PUIG
León

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SON DÍAS turbulentos para el mundo globalizado de la posguerra fría. Poco efecto tiene la reaparición de Superman en las pantallas cinematográficas en versión más sentimental que mitológica. Tal vez la erupción de tantos conflictos a la vez indica que con el sentimentalismo no vamos a ninguna parte. Tiembla el Oriente Medio, los terroristas atacan Bombay, Corea del Norte exhibe mísiles, Irán no cede en su estrategia nuclear, Putin practica el chantaje energético. El nuevo Superman es insuficiente para tanta fricción, tanto conflicto. Clark Kent ha moderado sus objetivos. Más que salvar el mundo, le interesa salvar al gato que se quedó atrapado en un desagüe. Su historia es ahora la de un amor imposible mientras que el presente del mundo refiere que lo imposible es la paz. El superhéroe antes destinado a impartir justicia universal hoy está por otra cosa. El hombre de acero nacido en el planeta Krypton está más por la inteligencia emocional que por el análisis de la realidad. Los países má s poderosos del mundo -el G-8- deliberan sobre todo lo que está pasando. Lo más indicativo de su impotencia es que, desde antes de reunirse, lo único que parecía importarles es el comunicado final y que será el estricto resultado de la reunión, aparte de las tertulias y los banquetes. Mientras tanto, el precio del barril de crudo aumenta, en unos mercados temerosos de lo que pueda ocurrir en Oriente Medio. Israel tiene dos frentes abiertos: la franja de Gaza -por los ataques terroristas de Hamas- y el Líbano, por la estrategia terrorista de la Hizbolá, amparada y suministrada por Siria y, fundamentalmente, Irán. Tel Aviv contrataca y bloquea el Líbano. Estremece el recuerdo histórico de la última vez que el Líbano fue un campo de batalla. Mientras tanto, en San Petersburgo, países como los Estados Unidos, Alemania o Japón se estarán preguntando si en el encuentro del G-8 hay que fiarse de la Rusia de Putin. El panorama no es reconfortante salvo para los poderes del terrorismo porque todavía hay quien insiste en combatir el terror con la diplomacia, sin querer asumir que solo la contundencia es eficaz a la hora de pararle los pies a los terroristas. Todo lo demás legitima el terror, le da fuerzas, expande sus posibilidades de acción, sea una sucursal pakistaní de Bin Laden que ataca el metro de Bombay o sean Hamas y la Hizbolá dispuestas a la aniquilación del Estado de Israel. Al enumerar los problemas más presentes en la vida internacional, The Washington Post subtitula: abundantes dificultades pero pocas soluciones. En México, el perdedor López Obrador no acepta la victoria de Felipe Calderón y amenaza con subvertir las calles; las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio están estancadas; Irán no responde a las conciliaciones de la Unión Europea y de Washington; Corea del norte lanza mísiles y China no contribuye demasiado a la calma; Putin plantea sin tapujos su bonapartismo y la reducción de la democracia liberal rusa a una democracia rudimentaria; en Irak, el gobierno democráticamente elegido tarda demasiado en ejercer el poder legítimo; en el Oriente Medio, el retorno a las armas parece ineluctable. Para bien o para mal, lo más evidente es que todavía vivimos en un sistema de orden -o desorden internacional- en el que tan solo los Estados Unidos tienen poder para determinar el rumbo de los conflictos, y tan solo en la medida de sus posibilidades. Para quienes se alegran cuando a Washington las cosas le van mal, el cúmulo de conflictos en erupción tal vez les permitas entender que ni el G-8 ni las Naciones Unidas, ni por supuesto la Unión Europea, pueden garantizar otra cosa que redactar documentos y platicar buenas palabras. No hay supermanes en la selva de la política internacional, ni sentimientos, ni nostalgia del planeta Krypton.

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