Diario de León
Publicado por
PANCHO PURROY
León

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EL RADIOSEGUIMIENTO de animales provistos de emisor ha dejado se ser una aventura en la que el naturalista, receptor y antena en ristre, sube a los picos para captar, a menos de 50 kilómetros de distancia, la señal que su movediza presa científica emite. Que nos lo digan a Tony Clevenger y al que escribe cuando, después de liberar a Salsero, el viejo oso pardo capturado en el bosque de Hormas (Riaño), seguimos su periplo andarín, incansable, capaz de bajar por los pinares del Cea y del Valderaduey a atracarse de miel de biércol y buscar una movediza novia. También, al quedarnos asombrados, en un pinarcillo del valle del Naranco, cerca de Llánaves de la Reina, cuando nuestro plantígrado peleó a lo bestia contra El Rubio, todo por follar con una osina rojiza y esbelta, antes de que el aciago final del Rubio terminase en Brañosera, abatido a postazos por alguien que afirmó hacerlo en defensa propia. Ya se fabrican emisores de larga duración, provistos de placas solares que recargan la batería, capaces de ser buscados desde un satélite cuyos servicios se alquilan. Desde el ordenador del despacho, las localizaciones diarias afluyen, sin necesidad de esfuerzo campero, aunque, por lógica, estos estudios son carísimos. Participo con la Fundación Terra Natura en el Proyecto «Águilas», en el que se han marcado una treintena de pollos de águila real y águila-azor perdicera, nacidos en peñas del litoral mediterráneo. Un pollo de perdicera, Pichón, ha batido el record mundial de seguimiento por satélite, nada menos que 1.544 días que, a razón de 6 kilómetros de vuelo diario, suponen más de 76.000 kilómetros de andanzas desde el risco valenciano donde nació a diversas comarcas de Murcia, Castilla la Mancha y Andalucía. Las enseñanzas de conservación son claras: la fauna necesita la España de los ecosistemas, sin que le interesen las fronteras autonómicas. Estas duras rapaces quieren campo libre y se pasan por el forro los nacionalismos .

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