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FABIÁN ESTAPÉ
León

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HA PASADO a ser una costumbre en la vida política del país el despliegue de promesas -casi siempre de infraestructuras- que tienen como finalidad establecer unos lazos, que se espera serán sólidos toda vez que la llegada del evento electoral pone de manifiesto los compromisos de electores y elegidos. He pasado revista a los múltiples ofrecimientos que se apiñan en la Comunidad de Castilla y León, y son bastantes. Pero si los ofrecimientos en Castilla y León son abundantes también lo son los que llegan del Gobierno Central; en este último caso no debe de olvidarse la «nacionalidad» del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. En este último caso las proyecciones en curso vienen a remediar, o esto parece, los quebrantos registrados en etapas anteriores, parece a veces, que no hay otro remedio, o un remedio mejor, que sacar a la luz pública los proyectos no culminados, a pesar de que existe un gran clamor que emana de la vida pública misma. En algunos casos, y quiero referirme al Aeropuerto de La Virgen del Camino, se solapan las acusaciones, la lista de agravios, que no cesan en un tema que debería residir en la atmósfera de la cosa pública. Quiero recordar que la debilidad del Aeropuerto llevó a una paralización progresiva de unas líneas aéreas, con aviones de hélice, que de un día para otro fueron capaces de enmarcar el «no funciona», con la consiguiente desazón de quienes utilizamos «nuestro aeropuerto»; las cosas en vez de mejorar -con reformas puntuales- llevaron al público usuario a una clara mezcla de desanimo y desesperanza. Fue entonces, cuando la brújula tuvo que señalar el contraste entre promesas y realidades; y fue, ni más ni menos, que el conocido alcalde de León, don Mario Amilivia, quien trazó en líneas indelebles el diagnóstico; un diagnóstico de los males que habían detenido la parálisis del Aeropuerto de León, y para ello, el señor Amilivia, que no suele pararse en barras, fue condenado, en una especie J¿Accuse de Zola, lo cual le facilitó un trastorno. Los cargos altos y medianos del Aeropuerto de León, los cuales, en una lógica cadena, tenían un cometido pero -y este es la almendra de la avellana- dejaban su responsabilidad hacia arriba, jefe de pistas, encargado de transporte; por este camino, tal como pretendía el señor Amilivia, se llegaba la directora de Aviación Civil, y después a la ministra de Transporte¿ y todo ello le permitía al señor Amilivia encararse al verdadero responsable, es decir, al señor Zapatero. Todo esto puede parecer un simple trazo de la Venganza de don Mendo, pero para ocasiones futuras, que las habrá, el señor Amilivia debería sentarse (como Zarathustra) y explicarnos en cuaderno de responsabilidades las que derivan de aquella Escuela de Pilotos de infausto recuerdo.

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