Terror en Líbano
He intentado responder a esta pregunta que me hicieron en Valencia pero la respuesta es siempre la misma, yo al menos no pretendía nada. Me tiene sin cuidado si éramos 400.000 ó 1.500.000, en el espíritu de aquella «movida» los números no significan nada. Movilizar cientos de miles de personas puede entenderse como un éxito, pero para un cristiano el éxito no está en apantallar a nadie, en ganar en el baremo de las estadísticas. Ahí estábamos algunos, quizás muchos, que por experiencia o por intuición, sabemos que los éxitos pasajeros de este mundo desembocan en el fracaso y buscamos cumplir nuestro destino con la mayor autenticidad posible, viviendo destellos de esa felicidad que espera al que cumple la misión para la que fue creado. Mis cuarenta y ocho años se tornaban en 20 al ver la alegría de tantos jóvenes que no necesitan «chutarse» para disfrutar; y el miedo a envejecer se paliaba al contemplar aquellos ancianos sonrientes a pesar del rigor del calor que soportábamos. El espíritu cristiano es difícil de entender para quien no lo comparte, de ahí la pregunta ¿qué pretenden? También en su momento fue imposible comprender que aquel anciano decrépito -aplastado por la enfermedad- que era en sus tiempos Juan Pablo II, significaba para alguno de nosotros la fortaleza y la alegría. Allí estábamos muchos, «en familia», para contagiarnos del ánimo del mensaje de Benedicto XVI, que no pretendía arengar a las masas para conseguir una Iglesia más numerosa, sino de anunciar, a los que estén dispuestos, la Iglesia Viva de los apóstoles de los mártires de los místicos, la Iglesia imperecedera que siempre se está extinguiendo. Porque ésta es precisamente la característica de su fundador, experto en salir del sepulcro: resucitar todo lo suyo, es, su especialidad que aplicará con todos los que creen en Él. Quien quiera apuntarse... que se apunte. María Jesús Prieto López. Una bolsa de plástico negro que flota en las aguas de un estanque. Unos gemidos que se parecen al maullido de un gatito. Unos curiosos que pasan, logran acercar la bolsa hasta la orilla. Se encuentran con una niña de pocas semanas hambrienta y aterida de frío. Escalofriante ¿verdad? Si es verdadera la situación de pobreza de la madre, no cabe más que preguntarnos por el grado de salud de una sociedad que alardea de solidaridad, deja a las personas totalmente abandonadas a su suerte. Esta noticia ha seguido con pocas semanas de distancia al informe sobre los abortos perpetrados en España durante el año 2004. Son unos ochenta y cinco mil. Un verdadero genocidio que viene a demostrar hasta qué punto está enferma esta sociedad. En el caso de la vulgarmente llamada Indicación Terapéutica, la ley despenaliza el aborto sin exigir unos planos, ni poner un límite de tiempo. Pueden ser abortados muchos fetos realmente maduros y viables. De esta forma puede ocurrir que se dé muerte a muchísimos niños cuya edad no se diferencia demasiado de la de esta niña, salvada de las aguas. Claro que su muerte no es noticia, su rostro no es conocido, su madre permanece en el anonimato y su salvamento no tendrá lugar jamás. Es de mal gusto recordarlos. Y sería políticamente incorrecto hacer aparecer sus restos en una pantalla de televisión. Eso sí que vendría a herir los sentimientos de los espectadores. Estos niños sí que nos recuerdan a los otros niños hebreos que no tuvieron la suerte de Moisés y no pudieron ser adoptados por una princesa. Ellos son los que pierden a lo largo del cuento. Pero su recuerdo no muere con ellos. La memoria es más tenaz que la vida y que la muerte. Anatolio Calle Juárez (Navatejera). Patricia (León; edición digital).