AL TRASLUZ
Grito aplazado
LA DIFUSIÓN DE UN comunicado de la joven que ha permanecido secuestrada ocho años en Viena arroja más sombras aún sobre este caso. De pulcro y claro podríamos definir el texto de Natascha. Pero con esa pulcritud y claridad en la que repta lo monstruoso. Esperábamos el grito de Münch, y se ha expresado, o la han hecho los psicólogos expresarse, o alguien se ha expresado por ella, con argumentos en los que la condena directa a su secuestrador queda eludida bajo una misteriosa prudencia. No es que no haya entrado en detalles, lo que sería comprensible y de agradecer, sino que, con una naturalidad pasmosa, deja entrever que lo que nosotros llamamos su infierno también estuvo sujeto a cierta familiaridad y a un orden. Los psicólogos hablan de síndrome de Estocolmo. El grito de Münch lo damos nosotros por ella, hasta que pueda lanzarlo por sí misma. «Era parte de mi vida (su secuestrador), y, por tanto, me siento en parte afligida (por su suicidio)». De momento, sólo podemos sentir compasión por su experiencia, también por lo que puede ser su futuro. Ni siquiera es necesario para ser víctima tener conciencia de serlo; los monstruos saldrán tarde o temprano del invisible pantano interior. Ha pedido respeto y paciencia a los medios de comunicación. Es lógico. «No tengo sensación de que me haya faltado de nada. Me he ahorrado un montón de cosas. Por ejemplo, no he empezado a fumar ni a beber, ni he tenido amigos malos». Sí, nosotros damos el grito que ahora Natascha no da. Un grito de piedad y horror por esa pesadilla siniestra que ella no define como tal. Imaginar a nuestros programas sensacionalistas analizando esta tragedia incita al vómito.