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León

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Los incendios forestales han vuelto a ser siniestros protagonistas de la actualidad española. Cuando parecía que tras la desgracia del verano pasado en la provincia de Guadalajara, se habían despertado las alarmas y se había logrado una moderada contención en las imprudencias y en las acciones de verdadero terrorismo forestal, el mes de agosto de 2006 comenzaba con el incendio en 1.500 hectáreas en el Ampurdán catalán y en Galicia se producía entre los días 4 y 14 de agosto, una de las mayores destrucciones forestales de las últimas décadas. Finalizados los fuegos, salvo algún foco aislado, unas 80.000 hectáreas gallegas han sido calcinadas, ha habido cuatro víctimas mortales, se han practicado más de treinta detenciones de sospechosos pirómanos y la catástrofe podría costar varios cientos de millones de euros. Una situación de estas características es intolerable y vergonzosa y clama justicia, reparación, prevención y atenta reflexión. La moral social de la Iglesia considera un deber moral el cuidado y el respeto a la naturaleza. La naturaleza es un don de Dios, puesto al servicio del hombre para el bien de toda la humanidad. Esto significa que no somos dueños de la naturaleza sino administradores de un bien que es de todos y para todas las generaciones presentes y futuras. En consecuencia, atentar contra la naturaleza es un delito humano y cristiano. El uso de los recursos minerales, vegetales y animales no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. Y todos, personas y sujetos institucionales deben sentirse comprometidos en la protección del patrimonio forestal y reclaman su preciso tratamiento jurídico y la aplicación de las correspondientes responsabilidades civiles y penales. Por todo ello y también desde el más elemental sentido común y ciudadano, lo sucedido en este mes de agosto en Galicia es inaceptable y todos y cada uno, personas particulares e instituciones, deberán extraer sus propias consecuencias. Nuestros montes no pueden ser objeto de expolios, mercaderías, especulaciones y venganzas. Nuestros montes exigen de las administraciones públicas, sea cual sea el signo político que las rija, están para servir con diligencia, profesionalidad, inteligencia y eficacia a los ciudadanos. Nunca más a los incendios forestales como los vividos este verano en Galicia. Pero nunca más de verdad. Anatolio Calle Juárez (Navatejera). Ha sido un mes intenso , desc oncertante, duro y doloroso, pero ya todo pasó Ali, queridísima Ali. El Señor vino en pleno día y te llamó por tu nombre y, pese a las morfinas y los sedantes, oíste su voz y le contestaste como el pequeño Samuel: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Y su voluntad era llevarte a la otra orilla, a la nueva y definitiva vida que nos ganó el Señor con su vida y resurrección, una vida plena, exenta de penas y dolores, donde ya no hay llantos ni tristezas. No me resigno Ali, a no decirte en estos momentos gracias. Gracias por tu ejemplo de cristiana coherente, consecuente, fiel en la práctica diaria de tus motivaciones de fe, gracias por tu dulzura, gracias por tu ternura, por tu delicadeza, gracias por tu sencillez, porque no te dejaste atrapar por el consumismo dominante. Gracias porque sabías hacer con naturalidad aquello tan evangélico de sufrir con el que sufre y alegrarse con el que goza. ¡Cómo disfrutabas con los éxitos y alegrías de los demás! ¡Cómo te interesabas y vivías los problemas y dificultades ajenos! No sé cómo te vas a arreglar Alicina, bonita, sin el teléfono para interesarte por la fiebre de éste, por el examen del otro, por tantas y tantas situaciones cotidianas que vivías con tanta cercanía. Pero sobre todo Ali, gracias por tu bondad. ¡Qué buena eras Ali! En nombre de los que tanto te hemos querido gracias porque después de tu paso por la tierra, el mundo queda un poquito más bueno. Descansa en paz Ali, querida Ali. M.ª Cruz Robla Díez (León). Alberto Ríos (Madrid; edición digital).

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