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FERNANDO ONEGA
León

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LO QUE le ocurre a Enrique Múgica es lo que le pasaba a Alfonso Guerra: que mucha gente le tiene muchas ganas. A Múgica no le perdonan ni su amistad, ni su simpatía, ni sus palabras de elogio a José María Aznar. Para el Partido Socialista ha sido una especie de traidor, que se alineaba con su adversario natural. En ese sentido, se han olvidado sus históricos servicios a la causa, y se anotaron solamente sus arrumacos con el PP. Singularmente, en la estrategia seguida frente al terrorismo. Si no fuera por su biografía de militante, hace tiempo que hubieran forzado su dimisión. Digamos que es un Defensor del Pueblo tolerado, pero no de confianza. Y ahora se llegó al colmo del cinismo, por no hablar de doble moral. La izquierda promovió un debate de reprobación. El Grupo Parlamentario Socialista le dio los votos necesarios para convocar ese debate. Pero, en un ejercicio de funambulismo y disimulo, anuncia que no secundará la iniciativa y votará en contra. Dicho en otras palabras: el PSOE le enseña los dientes a Múgica, le muestra quién manda, y le «vende» el favor de mantenerlo, pero haciéndole pasar el bochorno de someter a revisión su labor, con críticas que probablemente serán despiadadas. Y todo eso, ¿por qué? ¿Es que el señor Múgica actúa en su cargo de con «notoria negligencia», como prevé el Estatuto del Defensor? No. Probablemente hizo todo lo contrario: mostrar un celo extraordinario para recurrir al Constitucional el Estatuto de Cataluña. El PSOE no entiende cómo un militante socialista puede poner una zancadilla legal a una de las obras en que más se ha comprometido su gobierno y, personalmente, su presidente. Y los demás -Izquierda Unida, nacionalistas- quizá quieran agarrarse a la única posibilidad que ofrece el mencionado Estatuto del Defensor: al recurrir, hace propaganda política, que le está expresamente prohibida. Es increíble que un recurso al Constitucional pueda ser entendido como propaganda, pero en este país todo es posible. Lo cierto es que esto se ha convertido en una cuestión ideológica, y tiene víctima: una institución. En los 25 años de existencia de la figura del Defensor, jamás se intentó algo parecido. Ni siquiera se pensó. Y ahora se la convierte en materia de confrontación y se procede a su deterioro formal. Aunque Múgica siga, que seguirá, su institución queda deteriorada. Si fuera la única, el problema tendría importancia relativa. Lo preocupante es que casi no hay día en que una institución no sufra el escarnio de algún partido. En sólo tres días de esta semana, un día fue el Defensor, y otro la Fiscalía General. Alguien tendrá que poner un freno, y todos sabemos quién. Por un lado, Zapatero. Por otro, Mariano Rajoy.

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