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VICENTE PUEYO
León

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EN UNA comunidad que acapara el 50 por ciento del patrimonio histórico-artístico español no debería ser necesario insistir demasiado en el hecho de que el patrimonio es una industria. Y menos en una provincia como León, donde el tejido económico e industrial quedó maltrecho y desnortado por el efecto devastador de la crisis de la minería. Basta darse una vuelta por la feria de la Restauración del Arte y el Patrimonio (ARPA), que ayer se inauguró en Valladolid, para constatar que el patrimonio no es sólo motivo de orgullo y elemento de adm iración permanente sino una fuente de recursos. Que se lo pregunten a las empresas, cada vez más numerosas, que han enfocado o reconducido su labor hacia estas labores de conservación y restauración del patrimonio y que aprovechan estos certámenes para exponer lo hecho y para enhebrar relaciones que conduzcan a nuevos proyectos. Hay, pues, una industria. Lo que quizá falta es fe en ella y en sus posibilidades. Los continuos rifirafes entre las diferentes administraciones, -anteayer mismo el alcalde de León reprochaba  al gobierno socialista que en los presupuestos estatales brille por su ausencia el apoyo a la Catedral, la muralla o los restos romanos-,  resultan agotadores para el ciudadano que ve cómo la política de medio pelo enturbia el diálogo a pesar de que, como ocurre en este caso, los objetivos sean claros y razonables. Poner en valor el legado del León romano es uno de esos objetivos irrenunciables como lo es el apoyo permanente a la Catedral. Fracasados, o hibernados, proyectos como la resurrección del tantas veces reclamado taller de vidrieras, o el famoso órgano (dura penitencia merece a este respecto el cabildo), sí es cierto que se ha conseguido una continuidad en las labores de conservación y que nunca se habían reconducido tantos fondos hacia el templo. Cuando se echa la vista atrás, no demasiado, se aprecia la importancia del proyecto, ya en ejecución, de restauración de las vidrieras. Un hito que será recordado con agradecimiento  por las generaciones que vengan.  M uy acertada es también la iniciativa (similar a las puestas en marcha hace tiempo en otros países con rico patrimonio) de facilitar a los visitantes el acceso a las zonas sujetas a restauración que propiciará perspectivas inéditas de ese caleidoscopio que es la catedral.    Pero estos árboles singulares de nuestro patrimonio no debieran ocultar el bosque. Un bosque más modesto y, desde luego, más olvidado: el patrimonio que se reparte por nuestros pueblos. Con lo que se invierte en cualquiera de los eventos del Musac, incluidos saraos, se podrían crear más de uno de esos llamados centros de interpretación, que orienten a quienes hasta allí se acerquen sobre unos monumentos, un paisaje, una ruta natural, un espacio urbano, etcétera. Hay antiguas escuelas, apeaderos, edificios nobles, que están a punto de sucumbir y que son susceptibles de albergar estos modestos pero importantes polos de cultura que pueden ser polivalentes.  Esta es una de las asignaturas pendientes cuyo aprobado exige un radical cambio de chip por parte de los gestores de nuestro patrimonio. La brecha que hay actualmente, en materia de disfrute de actividades culturales, entre el capitalino y el paisanaje repartido en todos esos pueblos de Dios te ampare, es más profunda que la fosa de las Marianas.

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