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León

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La recuperación del Plan Hidrológico Nacional resultaría imprescindible no solo para abastecer de agua a todos los que la necesitan sino para racionalizar su consumo. En años de sequía, además, esa misma política de trasvases remunerados constituye un incentivo para que todos ahorren agua: los que la venden, para tener ingresos por ella; los que la adquieren, para que un bien que se encarece con su escasez no suponga un coste inasumible. Y, en situaciones extremas, por supuesto, siempre están las restricciones. Narbona, en cambio, insiste en sostenella y no enmendalla, por el contrario, ahora propone un sistema de penalizaciones que no tiene en cuenta la realidad del consumo de agua ni sus necesidades. La ministra de Medio Ambiente pretende que se imponga una penalización económica a los individuos que consuman más de sesenta litros de agua diarios, lo que supone un serio deterioro de la calidad de vida. Si se tiene en cuenta que en una ducha diaria se emplean más de cuarenta litros, que hay que beber, cocinar, lavar los platos y la ropa, limpiar los hogares, utilizar los inodoros, etc. ¿Cómo es posible que una persona pueda consumir al día menos de 60 litros cuando, en la actualidad, estamos empleando para todas estas cosas de nuestra vida diaria más de 170 litros? ¿Debe dejar de lavarse, de cocinar, de fregar, etc.? Según la propuesta de Narbona, parece que estamos condenados a ello. Jesús D. Mez Madrid (Gerona). Soy madre de una niña que ha cantado en un coro cuyo director es el mismo que dirige los puericantores, objeto del sonoro incidente habido en la Catedral de León. He leído día tras día en su periódico las manifestaciones de los distintos implicados, y se desprende de todo un barullo que sólo resuelven achacando entre unos y otros la única culpabilidad al señor déan. He esperado a ver si alguien se atreve a hablar de la «verdad» del asunto, pero nadie rompe lanzas a favor del respeto a la música. Soy profesora de piano, descendiente de músicos, amante apasionada de la música, y cuando he escuchado el coro a que pertenecía mi hija, después de un año, incluso dos de trabajo (eran muy pequeños todavía), me he apresurado a sacarla de ahí. Dirigir un coro es algo muy serio, muy bonito, pero muy delicado porque la música es algo preciso y complejo, en la que cuidar muchos aspectos, y si se suman fallos en varios de esos aspectos el resultado es nefasto, desestabilizador, horroroso, y, claro, en un coro la cosa se complica con tanta gente (más si es «menuda»). Por ello requiere tiempo y planificación. No se puede incorporar gente que no sabe entonar, ni mezclar los ya experimentados con recién llegados sin trabajarlos antes aparte, el impulso rítmico debe ser claro para ayudar al conjunto a ser uno. Si se hace bien, aunque sea con cosas sencillitas, es formativo, gratificante y luminoso. Por eso hay que ser honrado y no echar balones fuera. Un coro debe ser limpio, sea en un colegio o en una catedral. Uno tendrá menos pretensiones que otro, pero está claro que la Catedral de León merece otra cosa, y yo comprendo que el déan se haya desestabilizado. Por cierto, no creo que éste pretendiese ofender a los inocentes cantores. La responsabilidad debe recaer en otros/as claramente responsables. Teresa de Soto Sampedro (León). Profesor del Iesve (El el debate de diariodeleon.es).

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