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FERNANDO ONEGA
León

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TEODORO Obiang es uno de los dictadores más odiados que resisten en el poder. Y resiste como todos los grandes tiranos: a base de represión, de anular con la cárcel o el exilio a sus oponentes, de prescindir de todo lo que se parezca a un derecho humano y de prohibir las libertades públicas. Pero su país, Guinea Ecuatorial, tiene petróleo y otros ricos recursos naturales. Ahí reside su poder de influencia. Y algunos países aplican el principio de los intereses, se tapan la nariz y lo convocan y reciben como invitado de Estado. Indigno. Invitar a Obiang a esta visita ha sido éticamente poco presentable. Fue el precio que Moratinos tuvo que pagar hace tres semanas como compensación al auxilio pedido contra la invasión de cayucos. Pero ¿realmente compensa? Yo creo que no. No hay más que contemplar cómo hubo que anular la visita al Congreso por una alegada «dificultad de agenda», cuando la cruda verdad es que la Cámara no podía recibir a Obiang sin que se resintiera su dignidad. Pero el gran perjudicado por esta singular invitación es Zapatero. Hace sólo tres días, cuando presentó el borrador de la Alianza de Civilizaciones, invocó la ética como base de las relaciones internacionales, y esta visita destroza tan honroso principio. Y algo más: completa el marco de unas relaciones que dicen poco de la grandeza de nuestra política exterior. En el cuadro de amistades que luce nuestra diplomacia hay demasiado dictador, demasiado demagogo, demasiado inconsistente. Los contactos con ellos, las recepciones en Madrid, son más habituales que las cumbres como la que hoy se celebra con el presidente Chirac. Aceptémoslo en el caso de Iberoamérica, donde las relaciones de hermandad son superiores a los criterios ideológicos. No lo podemos aceptar en el caso del tirano de Guinea. Y el no aceptarlo significa que alguna responsabilidad política habría que exigir por hechos así. ¿A quién? ¿Al ministro de Exteriores? ¿Al propio presidente? Zapatero rendirá cuentas en las elecciones. Al ministro señor Moratinos hay que empezar a exigirle que, por lo menos, eleve el nivel. Y a Mariano Rajoy, pedirle que sea consecuente: si no ha querido ver a Evo Morales, menos debería ver a Obiang. Por mucho que se lo pida el gobierno. Las dos únicas aportaciones positivas son dos. La primera, que quizá se haya avanzado algo en la tarea de apartar a Guinea del ámbito de influencia francesa. La segunda, el anuncio de que habrá liberación de presos políticos. Si eso es así, la visita habrá valido la pena, a pesar de todo lo que acabo de decir. Pero no me atrevo a decir una palabra más, porque no me fío a la primera de la palabra de un tirano, ni me ayuda a confiar su trayect oria de dictador.

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