AL TRASLUZ
Qué bien
UN NUEVO reconocimiento para Antonio Viñayo, esta vez el de Hijo Predilecto de la Provincia. Un columnista bienintencionado pero poco imaginativo escribiría que si Viñayo no existiera habría que inventarlo, pero existe y el suyo no es un caso raro, sino un coherente eslabón en la gran cadena milenaria de sacerdotes cultos, más allá de la mera erudición de las fechas y las fichas, y mucho más allá del saber como jerarquía de superioridad. Tiene las virtudes que San Juan destacó en el pájaro solitario, pero además con don de gentes, con esa forma tan suya de ser accesible y de bajar a tierra, aunque sea para remontar enseguida el vuelo, consciente de que la bondad es la más alta manifestación no sólo de la inteligencia, sino de la verdadera eficacia. Su gran formación no le impide reconocerse hombre de pueblo y del pueblo, pues sabe que los mayores tesoros, que son siempre invisibles, les son revelados a los humildes y ocultados a los poderosos. Reconozco mi cariño por este sacerdote, que dice no ocurrírsele mayor honor que serlo, y que una vez me dio un consejo que me guardo para esa autobiografía que nunca escribiré, pero que llevo encima; y también por los canónigos de san Isidoro, que oran mientras nosotros nos degollamos. Ser sabio es ser bueno. Todos lo demás son listezas, conocientines. sabihondeces y habilidades resultonas con el coeficiente intelectual. Debemos sentirnos muy orgullosos, de hecho lo estamos, de este canónigo, estudioso de Santo Martino, siempre cálido mientras en la ciudad hiela. Sí, no hay mayor ejemplaridad que la sencillez. Ni, en efecto, mayor sabiduría que ser bueno. Viñayo, hijo predilecto de nuestra provincia. Qué bien.