Publicado por
GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN
León

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EN TANTO no se disocien la práctica del fútbol y el papel simbólico que juegan los equipos, será poco menos que imposible un rechazo social a actuaciones que, sin esa magia, serían consideradas cuando menos fraudulentas. No son pocos los casos en los que amplias capas sociales de la población, que quizá no sea inclinarían ante ninguna bandera ni se emocionarían con un himno, dan por hecho que el club de sus amores lleva en las puntas de las botas de sus jugadores el honor de una ciudad o una comarca. La afectación es generalizada, porque el equipo de turno no sólo representa a quien tal piensa y a toda la forofada, sino a los innumerables ciudadanos que no acuden a los estadios. El fútbol así entendido sí que es el opio del pueblo, lo cual no es bueno, pero peor resulta que en ese río revuelto hay, como suele normal en tales casos, ganancia de pescadores. El proceso de conversión del deporte en espectáculo, de minusvalorar la participación en el juego para supervalorar el resultado, el afán de posponer progresivamente a los canteranos para intentar hacer de los onces futbolísticos conjuntos de estrellas mediáticas, cualquiera que sea su procedencia, y diversos factores más colaboran a esa degradación de un deporte noble en su raíz, que premiaba la fuerza física, la habilidad, o la conjunción de esfuerzos. Muchas directivas se han plagado de pillos, que si no fueran iletrados podríamos decir que salidos del Buscón o El Lazarillo de Tormes . Y desde la política, esa casta que está dispuesta a cobrarse en votos o en dinero todo lo que hace, ha visto el filón: apoyar con donaciones, cesión de servicios o recalificaciones a un club, ni siquiera está mal visto por la mayoría. Al contrario, incluso con un punto de demagogia puede transformarse en votos. La conjunción de esos políticos y esos directivos, que no son todos pero sí parece que un número alarmante, obran el milagro de convertir las pelotas en pelotazos.

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