Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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RETOMO el tema tratado en mi columna del pasado viernes. El Papa ha recordado hace unos días  que es posible una «laicidad sana» donde convivan lo religioso con la «legítima autonomía de las realidades terrestres».   Nada que ver sus palabras con las  de los torquemadas radiofónicos, movidos por odios políticos y sentido del negocio. No es que haya que dejar a Dios defenderse solo, es que los argumentos deben ser cristianos y ejemplares en su exposición, como el pacifismo no puede ser defendido con bombas. En su gran novela Retorno a Brishead , Evelyn Waugh utiliza un fragmento de una narración del padre Brown, el detective ideado por Chesterton, para explicar el efecto de la gracia sobre los personajes, incluso de aquellos más aparentemente alejados de ella: «le cogí (al ladrón) con un anzuelo y una caña invisibles,  lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo». Es decir, nos viene a decir el escritor inglés, para Dios siempre es temporada de pesca, incluso en la aparente sequía, pues  sabe dónde colocar el sedal,  con  misterioso sentido de la paciencia. Ratzinger diferenció entre «laicidad sana», deseable y necesaria para la convivencia,  y  el laicismo absolutista.  Advirtió que la creencia religiosa no debe ser reducida a lo individual, ya que trasciende lo privado,  para finalmente recalcar: «No puede ser la Iglesia quien indique el orden  político y social que se deba preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los mejores modos y más aptos de organizar la vida política».  Nadie puede negar a Ratzinger su condición de gran  pensador.  En tiempos dialécticamente convulsos, las convicciones deben ser argumentadas con razón y corazón.

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