Publicado por
EDUARDO CHAMORRO
León

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TENEMOs un gran respeto por los deportes en general, y por alguno más que por otros, en particular. Damos por sentado que la vida del deportista, sus actitudes y maneras, conforman un modo de ser saludable y, en ocasiones, lo convertimos en un modelo de excelencia. Es un entusiasmo que enturbia la razón con la que contemplamos lo que hacen y dejan de hacer las empresas deportivas. Suponemos que son como el deporte, y no es así. No todas lo son. Lo que busca el deporte y lo que persigue el deportista no siempre tiene tanto en común con lo que pretenden las empresas deportivas o por lo que se afanan algunos de sus presidentes a los que, a veces, no hay traje que les llegue al cuello ni dedo que no se les vuelva huésped ante la posibilidad de convertir el arte del deporte en la artesanía del dinero. Los deportes suelen levantar pasiones y las pasiones estimulan el frenesí de las personas y conducen a ciertas formas del énfasis en la justificación de lo que puede resultar injustificable. El énfasis es propio, decía D'Ors, de los enfáticos. Tan propio como lo es la fiereza de las fieras a la hora de llevárselo crudo. Lo normal entre las fieras es que te pidan un gesto de apoyo primero, de comprensión, después, y de complicidad en cuanto les hace falta. Puede que si les prestas el gesto se queden con la mueca completa y con esa cabeza entusiasmada que supone que un club es algo más un club, ese lema afortunado para esconder, cuando hace falta, lo que antes se escondía debajo de la capa de Luis Candelas. Algunos empresarios han descubierto en los clubes deportivos un modo de transformar la noble ambición del futbolista en la codicia del logrero. El presidente de un club de fútbol se cree que puede pedir sin dar, y exigir en medio del fracaso. Un presidente que arrastra un fardo titánico de deudas no alzaría la voz ante unos accionistas dispuestos a comérselo por las patas. Pero un presidente de un club de fútbol con deudas hasta el techo puede no tener inconveniente alguno a la hora de extenderse el morro por los suelos para pisárselo en el afán de alzarse con la petición de que le den los campos y las viñas por su cara bonita.

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