Publicado por
YASHMINA SHAWKI
León

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LLEGÓ a casa mucho antes de la hora habitual. Tenía el rostro demudado. Era incapaz de hablar y mi madre preocupada ante la posibilidad de que estuviera enfermo le miraba entre impotente y consternada. Al final llegaron las lágrimas y con ellas el alivio a la rabia, al dolor y al miedo que había sentido esa mañana. Mi padre logró sobreponerse con el tiempo pero nunca olvidar. Algo se había roto dentro de él y nunca volvería a ser el mismo. Nada recuerdo de aquel aciago día porque tenía poco más de un año pero, mi madre lo relata, de cuando en cuando, para que no me olvide de esa parte de la historia «con letra pequeña»; esa que no viene en los libros de consulta. Me cuenta lo que mi padre jamás se había atrevido a contarme. Poco tiempo después de la revolución de julio de 1968, los funcionarios de los principales ministerios de Bagdad fueron conminados a abandonar sus puestos y dirigirse a Sahat Tahrir o Plaza de la Libertad, popularmente conocida como Bab al Sharq o Puerta de Oriente. Se congregaron allí esperando que pasara cualquier cosa menos lo que, finalmente, fueron obligados a presenciar: la ejecución en la horca de un grupo de personas, algunos de ellos amigos y compañeros. Potenciales enemigos del nuevo régimen habían sido falsamente acusados y condenados por delitos comunes. Por si la ejecución hubiera sido poco ejemplarizante, sus cadáveres permanecieron colgados durante días como macabra advertencia. Entre los testigos estaba mi padre. Fue la primera advertencia clara, el primer anticipo de lo que el golpe de estado del partido Baaz iba a hacer en Irak, el anticipo de todas las víctimas que se iba a cobrar. Treinta y ocho años después de aqauello un tribunal iraquí ratificó la condena a muerte en la horca para Sadam Huseín y ayer mismo, de madrugada, se cumplió la condena. Recibió el mismo castigo que inflingió a muchos. Si bien no cabe duda de que, el mundo, será un lugar mejor sin él, su muerte tendrá el regusto amargo de la venganza. No devolverá la vida a los muertos ni la dignidad a las víctimas, impedirá que se le juzgue por todos los crímenes cometidos y que muchos horrores salgan a la luz y lo que es más grave no ayudará a pacificar el país porque dará más argumentos a los insurgentes. La de Sadam será, en definitiva, una muerte tan inútil como las que él ocasionó con el agravante de que ahora le dará la razón y además le elevará a la categoría de mártir.

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