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VALENTÍ PUIG
León

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SOBRE cómo y cuándo va a rectificar sobre ETA o si fundamentalmente no habrá rectificación: esa es otra de las divisiones aportadas por Rodríguez Zapatero a la vida pública española. Los seis días de espera hasta verle en Barajasllevaron a no pocos ciudadanos a suponer que el Estado se sostenía estrictamente sobre los hombros del ministro Rubalcaba, como en el pasado más inmediato suponían que los hombros eran los de la vicepresidenta Fernández de la Vega. Lo que dijo Zapatero tras el impacto de Barajas no es exactamente lo mismo que al poco diría Rubalcaba, ni por supuesto alcanza a satisfacer las expectativas de Rajoy. Llegados a esa disparidad, lo que se hace evidente es que en estas cosas no se pueden hacer juegos de manos con conceptos como plazos de un proceso, la naturaleza misma de un proceso o la índole misma del terror. De tal modo que si el presidente del Gobierno se quiso reservar -como siempre- el papel de policía bueno y dejar a Rubalcaba el de policía malo hay motivos para pensar que esta vez eso ha colado. Habían sido tan magnificadas y simplificadas las expectativas de paz que después de Barajas había que decir la verdad y actuar en consecuencia. La primera percepción es que eso no se ha producido. Donde Zapatero llevaba su idea del diálogo a un límite paroxístico dando sólo por suspendido el llamado proceso de paz, Rubalcaba tuvo que ser rotundo y decir que el proceso estaba «roto, liquidado y acabado». Y no es que Pérez Rubalcaba, en su largo historial político, sea un hombre que se caracterice por las afirmaciones claras. A partir de ahora coexisten innecesariamente dos problemas de naturaleza y magnitud drásticamente distintas: el final de ETA y el final de Zapatero. Da vértigo presenciar cómo un presidente de gobierno puede haberse arrimado tanto al precipicio del que siempre hay que preservar al Estado. En realidad, no sabemos si Zapatero efectivamente cancela el proceso o si busca oxígeno por unos días a la espera de buenas noticias que contrasten con el atentado en la nueva terminal de Barajas. También da vértigo rebobinar la evolución de los hechos y llegar hasta el instante en que Carod-Rovira dio el anuncio de la tregua de ETA en Cataluña. Luego, de visita en La Moncloa, Carod iba a explicarle a Rodríguez Zapatero los nuevos horizontes que se abrían para que ETA dejase las armas. Ahí comenzó no poco de lo que ahora estamos presenciando con zozobra. Sea candor o calculismo de poder, aquellos polvos trajeron estos lodos. Lo ilusorio llevaba meses ondulando ante la opinión pública española como una vieja bailarina que pronto estaría agotando su poder de seducción: ETA se rearmaba, HB acababa con la paciencia de cualquiera mientras las tertulias radiofónicas -llevadas hasta los límites del ridículo- peroraban sobre territorialidad y autodeterminación. En fin, se quiso creer en un juego en el que el gobierno de Zapatero insistía en decir que le ofrecía diálogo a ETA en el respeto a la ley y ETA esperaba cesiones por parte del gobierno y sin consideración alguna por la ley. En la Terminal-4 -emblemática arquitectura del nuevo Madrid- todo eso estalló por los aires.

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