Publicado por
MANUEL ÁNGEL MORALES ESCUDERO
León

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HACE TIEMPO que el Instituto de la Mujer se convirtió en un verdadero Instituto de la Censura. La última empresa que ha tenido la desgracia de caer en sus garras ha sido la italiana Dolce & Gabbana. El instituto de la censura ha visto un intento de violación en su última idea publicitaria. Sin ánimo de entrar en la propia campaña que contiene muchas más fotografías que la censurada, se advierte con una simple mirada superficial que hay otras imágenes dentro de la propia campaña en las que el que está postrado y a merced de otros hombres y mujeres es un hombre y en ellas las neopuritanas no han visto ningún intento de violación ni de sometimiento. Les ha servido para su último brote de histerismo el apoyo de una Ley inconstitucional, discriminatoria y aberrante como es la Ley contra la violencia de género, ley que sólo tiene de ley el nombre y que ha conseguido el éxito maravilloso de subir los delitos de maltrato en un 8, 5 % según informe del Consejo General del Poder Judicial a mor de llevar el dolor y el desastre a miles de familias españolas que hoy sufren las consecuencias de la total falta de criterio con la que está hecha esta ley electoralista. No es extraño que el anuncio publicitario sólo haya sido censurado en España. En este país la estupidez se ha alzado a base de discriminación positiva y carné en la boca a los puestos de poder. Desde allí, las discriminadas positivamente dan rienda suelta a sus ideas neuróticas y ven fantasmas donde ninguna mente sana las vería. La censura es un vicio muy arraigado entre los españoles. Recuerden los lectores a doña Jaimita, la madre de Zipi y Zape, cuyas coletas iniciales tuvieron que ser sustituidas por Escobar por una melena con diadema mucho más recatada porque un tarado creyó que con aquéllas se incitaba a la concupiscencia. O el pobre Carpanta, obligado a comer de vez en cuando por obra y gracia de un régimen en el que no se podía pasar hambre, o la de los propios Zipi y Zape que pasaron del vitriolo en el cuarto de los ratones a algún zapatillazo que otro por parte de Don pantuflo dado que, según palabras de los censores, ningún niño español era maltratado en el beatífico Estado del General... para qué seguir. Los censuradores aplican sus particulares neuras y tratan de imponérselas al resto de los ciudadanos a los que consideran bebés sin criterio, eternos menores de edad. Las mujeres deberían liberarse de la tutoría de hecho que ejerce el Instituto de la Censura, que dice hablar por las mujeres sin ninguna representación otorgada por las mismas y sin haberles preguntado si quieren esa tutoría. Se criticaba la tutela del padre y del marido plasmada en las leyes. Pues bien, de la misma se ha pasado a la que ahora ejerce el Estado, las organizaciones de mujeres y algún que otro organismo tan inoperante y sin sentido como es el Instituto de la censura. Ignoro quién les ha otorgado la autorización para hablar en nombre de todas las mujeres de España. Ignoro cómo es posible que éstas se lo consientan sin un ápice de crítica. Deploro esa agencia para la censura hominofóbica que se dedica a gastar millones de euros en chorradas y en estudios sin ningún tipo de utilidad a excepción del bolsillo de las propias subvencionadas. Abomino de aquéllos que consideran a las mujeres menores de edad, que deciden por las mismas sobre qué anuncios hay que permitir y cuáles rechazar. ¿Acaso no son las mujeres lo suficientemente inteligentes como para no comprar aquéllos productos que consideran que las denigran? ¿Tienen que dejar que un puñado de denuncias catetas o el criterio de mentes inquisidoras se alce sobre la decisión individual de las mujeres como personas independientes, mayores de edad y capaces de decidir por ellas mismas? Mientras se siga permitiendo que exista un Instituto censurador, autoritario y además, lo suficientemente soberbio como para arrogarse la representación de las mujeres de este país, no habrá verdadera igualdad. La igualdad se consigue sin discriminaciones positivas, sin permitir que nadie te tutorice considerándote permanentemente menor de edad y necesitado de ayuda. Así sólo se logra ser permanentemente víctima, súbdito, lacayo o esclavo pero no ciudadano libre. Fuera de España siguen esta polémica entre la carcajada y el estupor. ¡Vaya islote beato, pueblerino, cateto y autoritario en el que vivimos!

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