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MARÍA J. MUÑIZ
León

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VALE, DEL DICHO al hecho hay tanto trecho como de la aprobación de la Ley de Igualdad a su aplicación plena en la práctica. Pero eso no resta un ápice de importancia a una norma revolucionaria. No debería serlo, poner sobre el papel e imponer sobre la realidad cuestiones básicas de no discriminación tendría que ser algo asumido, aceptado y respetado por todos. Pero no lo es. Más allá, la nueva ley contempla una serie de medidas que sí se pueden considerar novedosas y progresistas. Los avances en conciliación de la vida familiar y laboral, eso de rimbombante denominación que no deja de ser la vida, así, sin más, la de usted y la mía, son para quitarse el sombrero. Es cierto que en mucha parte esta norma dependerá de la voluntad de los empresarios, que por principio se resisten a todo aquello que pueda quebrantar sus beneficios o su estabilidad. No seré yo quien mantega que esta postura no es lícita, pero a partir de ahora será, en todo caso, menos legal si se mantiene a ultranza. Habrá que buscar cauces para conciliar, también, los intereses del negocio con las necesidades de la vida privada. Nunca ha sido fácil la conquista de los derechos, ni los laborales ni los fundamentales, pero unos y otros son irrenunciables. Lo que no es de recibo es que a estas alturas tengamos que seguir luchando por algo que no admite discusión ni margen. La Ley de Igualdad es un avance sin paliativos, pero también un balón de oxígeno para la confianza en que merece la pena seguir empeñadas y empeñados en que la normalidad ocupe el lugar que merece. Una pelea que se hace día a día, palabra a palabra, gesto a gesto. Lo quieran o no algunos, esto avanza imparable.

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