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CARLOS G. REIGOSA
León

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DE BONALD, escritor y político francés del siglo XIX, escribió que «en las crisis políticas lo más difícil para un hombre honrado no consiste en cumplir su deber, sino en conocerlo». Y me temo que algo parecido empieza a sucederles a muchos españoles. La felicidad que embarga al PP y el entusiasmo con que el PSOE se dispone a contrarrestar extienden la perplejidad entre quienes no participan de tales afanes de confrontación ni creen que la mayoría ciudadana esté por la labor de acrecentar el encono y el desentendimiento. Basta con echar un vistazo a las encuestas para darse cuenta de que los españoles no están tan felices con sus políticos como ellos lo están con sus campañas. En esto se cumple también la afirmación del erudito inglés Junnius de que a veces los políticos ponen tanto celo en persuadirnos de algo que a la postre acaban por persuadirse tan solo a sí mismos de que están en posesión de la verdad. Y en este trance nos encontramos. Con ellos convencidos y con la mayor parte de los ciudadanos sin entender la situación ni «conocer su deber» para lograr que todo retorne a mejores cauces. Si algo no demanda la calle es esa confrontación que se le ofrece. Sin embargo, es la calle la que está en el objetivo de los partidos políticos. El PP lo acaba de demostrar, y también (a su manera) el PNV y Batasuna. La nueva estrategia es tan clara como peligrosa: llevar la belicosidad política al conjunto del país -hasta el último rincón, para llegar a las próximas elecciones generales con todos imbuidos del ardor guerrero deseado. Un peligro. Porque esos ardores, como ilustra la apertura de la caja de Pandora, pueden no resultar tan controlables como sus adalides suponen. Y no lo digo desde una posición de alarma -que no siento-, sino desde la visión serena de un país avanzado -la octava potencia del mundo- que no se merece estas tensiones cerriles entre sus representantes políticos. ¡Flaco favor le hacen a la política! Cabría reiterar los llamamientos a la aproximación y a la concordia, pero pecaría uno de ingenuo. Porque no se les ve con ganas de atender sugerencias. ¡Con lo felices que están en la gresca!

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