Diario de León
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VALENTÍ PUIG
León

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ENTRE la indiferencia y el idealismo europeísta transcurre la conexión cada vez mayor de los intereses nacionales con la trama transnacional que hoy es la Unión Europea, algo así como un experimento en soberanía híbrida. Cualquier oportunidad es buena para comenzar a tomarse Europa en serio. Es algo que conviene repetir porque España todos los días comparte decisiones con los Veintisiete, del mismo modo que estamos en la globalización. Este fin de semana se ha conmemorado el medio siglo del Tratado de Roma que significó el arranque institucional del mercado común, la Comunidad Económica Europea, entonces sin España, sumida en la autarquía de posguerra. Aquel año 1957 del Tratado de Roma ahora nos coge de muy lejos y seguramente es un dato que desconocen la mayoría de jóvenes que circulan con una beca Erasmo. No es bueno olvidar o ignorar el grado de provecho que han significado para España los fondos y ayudas de la Unión Europea. Algo tendrán que ver con nuestro crecimiento económico, con las cotas de desarrollo regional y con las infraestructuras. Según el The Financial Times , España ha sido una de las historias felices de la Unión Europea. Lo que hoy es la Europa de los Veintisiete, en 1957 solo era de Seis, los firmantes del Tratado de Roma. Eran tiempos de inicios de la guerra fría y Europa se estaba retirando de sus colonias. Francia, por ejemplo, había sufrido la grave humillación de Dien Ben Fu con los vietnamitas. Europa había pasado por el fiasco de Suez. La Unión Soviética acababa de intervenir en Hungría. Para la botadura de la Europa comunitaria todo había comenzado por la Comunidad del Carbón y el Acero, eficaz 'modus vivendi' para trabar positivamente la dualidad franco-alemana. Y de ahí hemos llegado al euro. Con todos sus períodos de conflicto institucional y de semi-letargo, la Europa comunitaria ha ido afianzándose, siendo ahora sus principales déficit una política exterior y de seguridad. Otro es el déficit llamado democrático, la falta de representatividad de las instituciones de la europeidad. Eso ve vio en el «no» de Francia y Holanda en el referéndum del Tratado Constitucional, la piedra en el zapato que altera la normalidad de la Unión Europea. Actualmente, la Unión Europea está en fase más bien melancólica, a la espera de impulso político. La esperanza está, en parte, en Angela Merkel, como en su día la locomotora europea fue Helmut Kohl, quizás el último europeísta según el molde de quienes hace cincuenta años estuvieron en la firma del Tratado de Roma. El poder económico de la Unión Europea es inmenso, pero su fuerza política es discutible. Ejerce su «softpower» en su propio ámbito pero no mucho más, y mucho menos de lo que está presente el «hardpower» norteamericano. De hecho, la defensa europea todavía recurre en no poca proporción al escudo norteamericano. Todo eso es materia de disensión, como se ha visto en la guerra de Irak, mientras que la OTAN pasa por una fase cabizbaja. La UE sólo puede ser una ambición si es un ambición realista. Para España, no es realista ser uno de los Veintisiete con una opinión pública tan desinformada y pasiva ante lo que ocurre en Europa. En eso estamos.

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