AL TRASLUZ
Crispantes y crispados
APARENTEMENTE, los ánimos no están ni siquiera para organizar cenas de antiguos alumnos, no vaya a ser que en los postres se hable de política. ¿Pero es que este país ya nadie prefiere hacer el amor a la guerra? Como el fútbol ya no es lo que era, algunos han montado una liguilla del odio, en la que incluso arbitrar supone un riesgo; pero arbitremos, pues las reglas del juego limpio -político y periodístico- están claras, salvo para quienes las desdeñan. Ya nos expresaremos en las urnas. No es cierto que el PP añore el Dragón Rapide, pero tampoco que el PSOE negocie Navarra o que le importen más los terroristas que sus víctimas. La medida de nuestra conducta democrática la da el respeto al rival. Por cierto, es asombroso que a estas alturas tengamos aún que recordar la estricta separación entre información y opinión que debería primar en todos los medios. El domingo leí en una noticia, es decir, en un texto sujeto a las normas de objetividad periodística, que el PSOE se avergüenza de la bandera y del himno nacional. ¿En base a qué datos contrastados se puede escribir tal barbaridad? También me indigna que se asocie a los populares con los africanistas del 36. Nuestra España actual nada tiene que ver con aquella etapa. Sólo hay una coincidencia, relativa a la condición humana: los malos siempre son menos, pero hacen más ruido. En aquellos años trágicos hubo muchos españoles que se negaron a odiar. Y hoy también los hay: la mayoría. Pero los cuatro de siempre, pues no son más, confunden sus demonios interiores con la sociedad española. Por tanto, si me convocan a una cena de antiguos alumnos voy, aunque se hable de política. Y si hay que discrepar, se discrepa... de política, religión, fútbol, sexo o gastronomía... pero con respeto.