LA ASPILLERA
Emotivo y conmovedor
PURA envidia. Lees las noticias de la ya muy próxima realidad del AVE de Madrid a Valladolid (el fetén y no el descafeinado que, de momento, se nos anuncia para León) y constatas que los vallisoletanos tendrán en pocos meses 15 oportunidades al día para llegar a Madrid en una hora. Observas las fotos del nuevo y auditorio de Valladolid -72 millones de euros de flamante ciudad de la cultura pagados por usted y por mí- y entras de lleno en la auténtica dimensión del problema. Ni reforma estatutaria, de cuyos pormenores el ciudadano corriente está sideralmente alejado, ni dios que la fundó: crudo y persistente desequilibrio en el seno de este punto gordo llamado Castilla y León concebido fundamentalmente como punto de gravedad para sostener lo que, con no poco entusiasmo, aún llamamos España. Y hay quien reclama para pasado mañana al personal en la calle para pedir la autonomía para León y los retales del antiguo Reino como si ahí estuviera el nudo del asunto. Pero no es así. No hay que hurgar en la memoria de Fernando I, ni de doña Sancha, que en gloria estén. Ni recomponer los restos del naufragio con otro centralismo -el leonés- que al final no tragarían quienes, en Zamora y Salamanca, todavía se reconocen como de la misma tribu. La historia se escribe ahora con minúsculas y es mucho más reciente. Proviene de la falta de valentía y de audacia de quienes durante varias legislaturas han calentado de forma dócil, lamentablemente improductiva y ausente de imaginación los escaños de Fuensaldaña. Da grima que, a estas alturas de la película (y sin perder de vista lo ocurrido en otras comunidades-naciones o lo que sean de este país), se consideren como notables logros en la reforma estatutaria que, atendiendo a su historia, León figure en el preámbulo del texto como uno de los factores básicos de lo que hoy es esta comunidad. Llegar hasta aquí en veintitantos años es realmente emotivo. También es conmovedor que se reconozca la existencia y se garantice la protección de la lengua leonesa y que se mencione, haberla hayla, a la comarca del Bierzo como ente singular dentro de la ancha y variopinta geografía de Castilla y León. Todo eso está muy bien pero no es más que perragorda tardía. Y lo peor es que no hay muchas razones para el optimismo. No hay razones que indiquen que, durante la tramitación del texto estatutario en el Congreso, vayan a producirse cambios de criterio sustanciales que conduzcan a ese equilibrio necesario entre las distintas provincias. Antes se hablaba de «justicia distributiva» y es un concepto muy ajustado a la realidad. Las diferencias de renta que persisten entre los ciudadanos de los diferentes territorios son hirientes y se fundamentan tanto en una situación de partida sociológica y económicamente deprimente como en la falta de políticas realistas y valientes para modificarla. Tampoco ha habido audacia al concentrar -ya definitivamente-, en Valladolid el poder legislativo cuando había soluciones mucho más integradoras. Es desde luego más cómodo, y práctico, tener el poder a mano. Pero acaba siendo desilusionante sentirse en la periferia de la periferia. Porque ahí seguimos.