EN BLANCO
El último día laboral
«PARA DESCANSAR, morir», dijo mi electo tío carnal Manuel Machado. Quizá no haya otra fórmula. Lo malo de los días festivos es que cuando la tarde cae y se hace daño en su caída, el viento se torna melancólico y deja de ir a su aire. Sabe que el día siguiente, hoy mismo, ya no es el Día del Trabajo y por lo tanto hay que volver a trabajar. Pero no quería hablar de eso exactamente, sino de accidentes de trabajo. En la unión Europea los accidentes hacen perder 150 millones de jornadas y, según Eurostat, que lleva la contabilidad, en España se produce el 20 por ciento de ellos. La cosa viene de antiguo y nos ha dado tiempo a acostumbrarnos, como si fuera lo más natural. César Vallejo, el contrito cholo peruano, dice eso de que «un albañil se cae del andamio y ya no almuerza». Para él coincide su último día de vida con su último día laboral. Es inevitable hablar de accidentes de trabajo el día destinado a conmemorarlo, ya que sería excesivo decir a festejarlo. Como todos sabemos, el trabajo ennoblece en la misma medida que fastidia y es tan malo que hasta pagan por hacerlo. Sólo los que disfrutan de una vocación arrolladora, irrefrenable y patológica, seguirían trabajando si en vez de cobrar tuviesen que pagar por desarrollarla, pero, dejando eso a un lado, debemos considerar si nuestra cifra de accidentados se presta a correcciones estadísticas. Aquí hay más que en cualquier otro país de nuestro entorno, ya que también estamos a la cabeza de la UE en conductores muertos por causa del alcohol. Un tercio de los precipitados fallecidos en los últimos cinco años superaba los límites legales establecidos para darle al frasco. Dejar de trabajar es un sueño para muchas personas y, aunque no me encuentro entre ellas, me atrevo a insinuar que no debe hacerse de una manera tan brusca.