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ROBERTO BLANCO VALDÉS
León

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SEGÚN EL CENTRO de Investigaciones Sociológicas, a la vista de los resultados de su última encuesta, sólo el 19% de los españoles creían en octubre que el terrorismo era el principal problema del país. Al terrorismo lo superaban entonces, muy de largo, la inmigración, el paro y la vivienda. El barómetro de marzo arroja unos datos bien distintos. El terrorismo se sitúa, por tercer mes consecutivo, a la cabeza de las preocupaciones ciudadanas, pues es el primer problema que tenemos en España para el 38% de los entrevistados por el CIS: justo el doble que en octubre. Las cifras resultan llamativas, pues, por más que el PP insista erre que erre en el asunto, lo cierto es que el férreo bloqueo informativo decidido por el Gobierno al servicio de su estrategia de negociación con ETA ha conseguido que la inmensa mayoría de la opinión pública se entere sólo de aquello que resulta inocultable. De hecho, ¡cual no sería la preocupación de la sociedad española por la vuelta de ETA al escenario si todo el mundo dispusiera de los datos alarmantes que nos llegan de las autoridades que dirigen en Francia la lucha contra ella! Esas informaciones, habitualmente muy fiables, ponen de relieve que el Gobierno ha jugado con fuego y se ha quemado, aunque se ha guardado muy mucho de reconocer la debacle y de informar de lo que podría venírsenos encima tras el final de esa supuesta tregua que, según los franceses, no existió nunca en realidad. La policía gala informa de que ETA dispone de una treintena de terroristas dispuestos a atentar, lo que podría suceder tras las municipales y autonómicas o incluso antes si se cerrara el paso a las candidaturas del frente político de la banda criminal; de que, aprovechando el alto el fuego, ETA se ha reforzado con la vuelta de activistas veteranos desaparecidos tras su salida de prisión; de que los robos de armas y explosivos indican que ETA está bien abastecida; y de que ETA no cejó en la extorsión tras la declaración del alto el fuego y la ha redoblado en los últimos tiempos, enviando más cartas de chatanje y exigiendo más dinero. Si todo eso es cierto -y debe serlo, pues nadie del Gobierno español lo ha desmentido- y si lo es también, como afirma la seguridad francesa, que ETA no ha pensado nunca en abandonar el terrorismo y que la negociación con los enviados del presidente del Gobierno ha sido para la banda un frente más de la lucha por alcanzar sus objetivos, el propio Gobierno debería meditar muy seriamente la opción de permitir o no que, a través de ANV, Batasuna vuelva a colarse en las instituciones. Mañana se confirmará, ya sin logomaquias, la estrategia por la que opta finalmente Zapatero.

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