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GONZALO PARENTE
León

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EN TURQUÍA hay un problema; los nacionalistas islámicos alcanzaron el poder ya hace tiempo y han gobernado en forma moderada y democrática, respetuosa con el tradicional status de Atatur que proclamaba la separación del Estado y la religión islámica, lo que presentaba a Turquía como una nación moderna con la aspiración y voluntad de integrarse en Europa. De esta forma, Turquía es miembro antiguo de la Alianza Atlántica y ha constituido un fuerte bastión occidental defensor de los valores de las naciones integradas en la OTAN. El ejército otomano ha sido el garante y exponente firme de esta postura, gracias a la independencia estatal de la influencia de la religión islámica. Pero ahora, con ocasión de elegir un Presidente de Turquía y la propuesta del Partido Justicia y Desarrollo (AK), de raíces islámicas, para que se presente el Ministro de Asuntos Exteriores, Abdula Gul, el ejército y la oposición, han hecho manifestaciones en su contra y no lo aceptarán aunque resulte elegido, porque dicen que rompería el actual status de Turquía que pasaría a ser una nación islámica. La prueba de fuerza consiste en ver el resultado de las próximas elecciones. Si gana el partido AK, ¿se mantendrá Turquía como una nación secular o pasará a estar dominada por el islamismo? El problema es de los turcos pero también es de los europeos, y aún más, es un problema para occidente, porque podría constituirse un nuevo frente o eje de naciones del Medio Oriente, en el cual, Turquía y Pakistán, serían los principales soportes de una organización de gran peso geopolítico en la que pudieran integrarse naciones tan necesitadas de apoyo como Irak y Afganistán.

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