Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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EL FÚTBOL nos da misteriosas lecciones. El pasado domingo le mandé desde Salamanca a mi mujer un mensaje por el móvil: «Te echo de menos». Ella contestó: «Yo también. El Madrid pierde 1-3». La convivencia tiene estos golpes bajos cuando tu cónyuge es de otro equipo. Contesté: «Gracias, romántica». Pero cuando el glorioso RM remontó hasta la victoria, ya no recibí mensaje alguno sino el silencio del móvil fuera de cobertura. Ah, qué felicidad ver sufrir al Barça. Sentir su temblor. Dicha indescriptible. Justicia poética se llama eso. Mi querido compañero Chencho lo sabe: ser leonés y del Barça es como haber nacido en La Bañeza y apellidarse O'Hara; hoy se lo recuerdo con el respeto del alumno al maestro. En esta vida no hay que desfallecer antes de tiempo, pues hasta que no yaces en el fondo del mar, ningún naufragio es irreversible. Porque uno entiende que a fulano le guste el vino y mengano sea abstemio, pero no ser del Real Madrid es raro, vamos que no. ¿Puede no gustarte la paella? Sí, pero no serás de fiar. ¿Puede alguien encontrar feucha a Cindy Crawford? Desde luego, pero no le dejaría que me escogiera las corbatas. Seamos claros, en la vida hay leyes inamovibles. El Real Madrid está en nuestros genes, ni siquiera tienes que saber qué es un balón. ¿Y a estas alturas vamos a ir contra la genética? A mí me importa un bledo el fútbol, casi no lo diferencio del baloncesto, pero quiero que la liga la gane el Real Madrid. El orden cósmico, lo llamo yo. Anhelo de que dos y dos vuelvan a ser cuatro. Sí, el fútbol te imparte lecciones que ya sabías y creías olvidadas. Del revés de la derrota aparente irrumpe la gran remontada. En un partido lo que cuenta es el final, ser felices y comer perdices. Pues seámoslo y pásame esa bandeja. El mundo vuelve a ser mundo.

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