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ANTONIO PAPELL
León

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Vistos los resultados del 27-M con cierta perspectiva, ponderados todos los datos, evaluados los avances y retrocesos de unos y otros, el balance adquiere unos perfiles más difusos que el análisis en caliente y a bote pronto. Y predominan dos impresiones esenciales: de una parte, en el último tramo de la legislatura, después de una tensa y dilatada confrontación, las dos grandes fuerzas políticas están prácticamente en equilibrio, en una situación que podría denominarse de «empate técnico». De otro lado, y a pesar del fragor político que no cesa, la ciudadanía se encuentra desmotivada, muy poco atenta a las reclamaciones de sus líderes, bastante escéptica sobre las disputas que mantienen, y, en definitiva, desmovilizada y con una fuerte tendencia a la abstención que ya ha hecho estragos este pasado 27-M. En Cataluña existe además una irritación añadida, fruto de la experiencia del «Estatut». La razón de la desmovilización es compleja pero diáfana. A todas luces, Rajoy y Zapatero están enzarzados en asuntos que no interesan mayoritariamente a los ciudadanos. El «monotema» etarra que ha sido una vez más eje de la principal controversia, al menos en la primera parte de la campaña, ya no está en los primeros lugares de las preocupaciones colectivas, entre otras razones por la evidencia prosaica de que la gran amenaza ha cedido considerablemente: ETA sigue siendo un problema, pero de proporciones objetivas y subjetivas mucho menores que hace algún tiempo. Así lo corroboran las encuestas del CIS. El otro gran motivo de discordia, la imaginaria conspiración del 11-M, está desapareciendo a medida que avanza el juicio a los islamistas en la Audiencia Nacional. El asunto le ha servido al PP para desgastar a su adversario y movilizar a las propias bases pero ya no le reporta renta alguna por lo que ha ido desapareciendo del discurso político, como es natural. De otra parte, la desmovilización proviene de la ininterrumpida bonanza económica, que quedó encarrilada al término de la etapa de Felipe González -ya con Solbes al frente de la economía-, adquirió una espléndida velocidad de crucero durante las dos legislaturas de Aznar -con Rato en la vicepresidencia- y se mantiene pletórica y esplendorosa con Rodríguez Zapatero, en una especie de regreso al origen puesto que otra vez Solbes está al timón. A este paso, la opinión pública acabará pensando que es irrelevante quién gobierne desde el punto de vista de su bienestar material. Derecha e izquierda logran tasas de crecimiento magníficas, compiten entre sí por bajar los impuestos, coinciden en la necesidad de mantener la ortodoxia ¿Qué más da, entonces, que gobiernen los unos o los otros? Es evidente que no sólo la economía determina las preferencias ciudadanas pero también lo es que ese factor es fundamental. Así las cosas, la política se ha vuelto sumamente superestructural o, si se quiere, más superflua que antaño, cuando se pensaba que determinaría poderosamente nuestras vidas. Los partidos se entretienen en lucubraciones que afectan poco a la cotidianidad de las personas, al tiempo que prescinden de debates que sí quisiéramos todos que se celebrasen: sobre el problema de la vivienda, sobre la corrupción No es pues extraño que la ciudadanía se repliegue sobre sí misma, privatice sus gustos y sus demandas y se desentienda de unas discusiones que la aburren soberanamente. Es claro que en estas condiciones, muy volátiles, los análisis puedan desencaminarse fácilmente. De hecho, ni es claro que el PP haya ganado estruendosamente las elecciones del 27-M ni, por lo tanto, que el PSOE las haya perdido hasta el punto de haber iniciado una peligrosa cuesta abajo que podría desalojarle del poder. El desenfoque proviene de un descenso socialista del 5% en Madrid, a causa de la comisión de errores abultados en esta comunidad, pero aún así hubiera bastado con que en Cataluña no hubiera crecido extraordinariamente la abstención estructural -no la que afecta sólo a la izquierda sino la que proviene de una decisión positiva de un electorado irritado con su clase política- para que, con 180.000 votos más, el PSOE hubiera igualado al PP en el cómputo estatal, del que en cualquier caso le separa un porcentaje global inferior a un punto porcentual. Y de nuevo hay que decir que, si es manifiesto que el PSOE tendrá que luchar contra la desmovilización, que le afecta en mayor medida, el PP no podrá explotar esta ventaja si no logra recuperar la versatilidad perdida, tender puentes hacia las minorías.

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