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FEDERIC0 ABASCAL
León

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LAS ELECCIONES legislativas de 1977 pusieron fin a cuarenta y un años de rigurosa abstinencia democrática. Durante aquella abstinencia inacabable prosperó, se debilitó y murió el franquismo, pero matando en su agonía, y ello demuestra que hasta su último minuto fue fiel a sí mismo, aunque algunos nostálgicos, que afortunadamente no abundan, tengan a Franco aún como virtuoso fetiche. Hace treinta años se acostó España bajo una inmensa incógnita y se despertó bipartidista, como Estados Unidos, y aquel amanecer, que no era el que auguraba el himno de la Falange, totalmente ignorada por los electores, eliminó de la política a todas las siglas de la izquierda radical, desde la ORT al PT, dada la avalancha de votos hacia el PSOE y la solidez de la UCD, el gran invento instrumental de Adolfo Suárez, contrariando a Santiago Carrillo, quien deseaba tener algún partido a la izquierda del comunista, para subrayar la imagen moderada del PC. La noche electoral de aquel 15-J se vivió como un espectáculo del que todos los españoles se sentían protagonistas. Hubo sustos tremendos, como el del PSOE al iniciarse el recuento de votos y recibir los primeros resultados de las mesas levantinas, valencianas especialmente, que enviaban los interventores socialistas. Daba la impresión de que el PSOE iba a arrollar en las urnas, con la obligación derivada de gobernar, lo que produjo algún síntoma de histeria en la sede socialista de la calle García Morato, donde Alfonso Guerra vivió horas de nervios hasta que se fueron equilibrando los resultados hasta dar la victoria a la UCD. Y si en el PSOE se estuvo al borde del pánico, en La Moncloa se vivieron momentos de agobiante pesimismo. En una sala del palacete gubernamental seguían el recuento por su propia terminal el presidente Suárez, Fernando Abril Martorell y, entre otros, un hijo del vicepresidente Gutiérrez Mellado. La única persona inasequible al desaliento era Abril Martorell, quien miraba las banderitas que se iban clavando en el mapa para señalar el avance electoral socialista, y como consuelo dijo impregnando su voz de optimismo: «Ya veréis como ganamos en Madrid». En toda la periferia nacional, los partidos o coaliciones regionalistas recibieron una sorprendente escasez de votos, lo que hizo pensar en que una descentralización política sin grandes cesiones de poder podría realizarse fácilmente. Pero... ... pero si en Euskadi ganó el PSOE, cediendo el gobierno al PNV -¿por qué ese pequeño, mediano o inmenso error político?-, en Cataluña empezó a despertarse CiU, y en Galicia un nacionalismo de izquierda radical, mientras en Madrid no acertaban los gobiernos centristas a orientar debidamente el proceso territorial y algún ministro, como Clavero Arévalo, convertía en política la ocurrencia del café para todos. Y ETA no jugaba entonces a la política, a no ser tímidamente, logrando dos diputados por Euskadiko Esquerra, Bandrés y Letamendía. Y desde entonces hasta ahora, una generación y media, de aquella ilusión desbordante y a veces temerosa, a este desencanto asumido, propio de toda democracia. Y de la nuestra, que es una democracia manifiestamente mejorable.

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