LA PENÍNSULA
La mezquita suicida
SI EL general Pervez Mushaerraff, presidente de Pakistán, llega vivo a octubre de este año, tendrá tres posibilidades ante sí: 1) que lo maten en noviembre; 2) que lo revaliden como presidente del nuevo Parlamento paquistaní surgido de las elecciones de septiembre-octubre; 3) dado que son opciones tan compatibles como dudosas, hay una tercera que todos niegan a voces en Pakistán y afirman en susurros por sus fronteras, o más allá, sobre todo en Dubái, que es donde llevan semanas reunidos representantes de Mushaerraff y de Benazir Bhuto. Este tinglado de Dubái es, probablemente, el más paradójico de todos en los que anda metido el general. Benazir Bhuto fue en su mejor momento la niña bonita de una democracia como la paquistaní que no tardo en ponderar los más dudosos atractivos de una corrupción por la que se fue al garete. Benazir Bhuto paso entonces a esa galería de los recuerdos a medio cocer donde algunos países colocan las oportunidades que pudieron haber ido a mejor. Pervez Mushaerraff no es un demócrata. Tampoco es un ideólogo, sino un extremista de la supervivencia en un país donde ese instinto depende tanto del cañón como de la sonrisa y el veneno, aplicados incluso simultáneamente en cuanto la ocasión lo permite. Gobierna una parte del mundo en la que el canalla suele padecer alguna que otra vocación de mártir, y en la que el suicidio no tiene el menor interés si no se plantea acompañado de la hecatombe. Si las conversaciones entre Bhuto y Mushaerraff no hubieran comenzado a encarrilarse con un cierto optimismo hacia el panorama de unas elecciones generales y presidenciales capaces de apaciguar el país, los líderes de la Mezquita Roja no habrían lanzado el órdago de imponer la sharia del fundamentalismo islámico como ley y norma exclusivas. Todos los yihadistas, talibanes, miembros de Al Qaida, chechenos y uzbekos reunidos en la Mezquita Roja sabían que semejante exigencia no iba a ser aceptada por Mushaerraff por muy dispuesto que estuviera a discutirla por partes y con el máximo secreto. Si la plantearon de un modo tan escandaloso y suicida y bajo la protección de unos escudos humanos tan sensibles como los niños y niñas que estudian en la mezquita, es porque querían colocar a Mushaerraff en el escenario de una opción imposible que solo permite morir matando y matar muriendo, sin que sus efectos tengan a penas relevancia. Porque si de esto no sale un Pakistán islámico, las mezquitas se seguirán contando a centenares y las tragaderas del paraíso prometido al suicida seguirán siendo insondables.