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JAIME LOBO ASENJO
León

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NO EMPLEO el adjetivo «increíble» como algo que no puede creerse, si no más bien como algo que es muy difícil de creer, en este caso, ese «algo» es nuestro Presidente de Gobierno, nuestro paisano José Luis Rodríguez Zapatero. No entraré en todo lo que aseguró que se haría en León y no se ha hecho, peajes, infraestructuras, intecos, ciudades de la energía, Plan Oeste, las comedias de enredo de Endesa y su Opa, o el vodevil de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, el fiasco de SU candidato a la alcaldía de Madrid o su empantanada política territorial. Entraré como diría un conocido comunicador, «sin ánimo de ser exhaustivo», en dos cuestiones que conducen a poder decir «credibilidad cero zapatero». Su actuación a lo largo del mal llamado proceso de paz y su proceder en la cuestión de los soldados muertos en la emboscada sufrida en la Guerra del Líbano. Ambas cuestiones, a mi juicio, le están haciendo perder a ZP credibilidad a chorros, credibilidad que ha dilapidado en apenas tres años. ¿Qué credibilidad se merece, quien durante cuatro años no dice la verdad en todo lo referente a sus relaciones con la ETA y ha ocultado a los ciudadanos la puntual información de su comportamiento y de los elementos esenciales en la negociación de su llamado «proceso de paz»? ¿Acaso, piensa ZP que su misión redentora le da derecho a ocultarnos la verdad? Así, ZP, aseguró tras el atentado de la ETA en la T4, que reuniría el «Pacto Antiterrorista», después de seis meses, no sólo seguimos esperando esa reunión si no que antes y después de lo que el calificó de accidente y antes y después del alto el fuego permanente, ha mantenido contactos, por un lado, con la banda, para tratar de presos a cambio de paz y por otro con Batasuna, que también es ETA, para hablar de autodeterminación y anexión de Navarra. Que no le extrañe a nadie por tanto, que pongamos en cuarentena sus afirmaciones, después de la última entrevista con M. Rajoy, de que su objetivo es derrotar a la ETA. «Zapatero credibilidad cero». Resulta muy difícil creer a un señor que firmaba y promovía con Aznar el «Pacto Antiterrorista» y conocía las conversaciones ETA-Partido Socialista del País Vasco. A un señor, que autorizó en 2004 las conversaciones con la ETA, y hasta mayo de 2005 no contó con el Parlamento, y no tiene credibilidad quien permitió que la banda participara en la redacción del documento leído en los pasillos del Congreso de los Diputados. No es difícil creer a alguien que aseguró que Arnaldo Otegui «es un hombre de paz» y luego le mete en el trullo, y no digamos nada de lo acontecido con De Juana Chaos. No es fácil creer a alguien que sabía que la ETA rompía la tregua indefinida y lo ocultó en la campaña electoral del 27 M. Así, no es de extrañar, que entre otros muchos, Jordi Pujol haya afirmado recientemente, que Zapatero no inspira confianza. No es fácil creer a alguien como Zapatero, que ha intentado convencernos, de que él, ha sido el único presidente de Gobierno que no ha contado con la colaboración de la oposición en un proceso de negociación con la banda terrorista, y no es fácil de creer, ya que sencillamente, eso, no es verdad. A la hemeroteca me remito: Zapatero, criticó el 15 de octubre de 2001, tras la explosión de un coche bomba en la Plaza de Colón de Madrid, la actuación de la policía: «ha habido fallos policiales», dijo. Siendo yo Delegado del Gobierno de Castilla-La Mancha en 2004, y después de una operación de la Guardia Civil en la provincia de Cuenca que finalizó con la detención de dos etarras y una furgoneta con 500 kilos de explosivos, hombres de peso en el PSOE de Zapatero, como José Blanco y Rodríguez Ibarra, acusaron al Gobierno del PP de «realizar un montaje político» de la operación. El 11 de marzo de 2002, la ejecutiva del PSOE, presidida por Zapatero, exige a Aznar «que aclare públicamente a los ciudadanos si su prioridad es la lucha contra ETA». ¿Les suena? Y pocos días después acusan a José María Aznar de tener una «actitud irresponsable y prepotente» con el terrorismo. Así podríamos citar múltiples ejemplos de críticas e insultos al Gobierno del PP, al que se le acusó, bien directamente por ZP o bien por su más íntimos colaboradores de oportunismo, electoralismo, incapacidad, utilización de las víctimas etc. Así que de lealtad en política antiterrorista nada de nada. Y por lo que se refiere a la segunda cuestión, es decir, la emboscada que acabó con la vida de seis cascos azules del ejército español en Jiyam, Líbano, la actitud del Presidente en relación con este trágico acontecimiento, a mi juicio, también le resta credibilidad, empecinado como está, en mantener las posiciones sostenidas con tanta demagogia (por no llamarle mentiras) cuando estaba en la oposición, con la guerra de Irak, de la que nos sacó sin que hubiéramos entrado y en la que por cierto no murió ningún soldado español. Ahora, su complejo de culpa le hace imposible reconocer que nuestras Fuerzas Armadas, no están de vacaciones humanitarias, ni en Afganistán ni en Líbano, si no es países en guerra contra el terrorismo islamista, muy lejos del edulcorado concepto de misión de paz, por lo que envió allí, a nuestros 1.100 soldados, «ligeros de equipaje bélico» y de los necesarios elementos de autoprotección, y por eso, tardó cuatro días en comparecer a remolque ante la opinión pública y a trucado las medallas concedidas a los soldados muertos. Es decir, Zapatero ha sido víctima de su propio engaño, de su política de ocultaciones, y cree, que si admite que ha enviado tropas a Líbano a sofocar una guerra, estaría desdiciéndose de sus anteriores diatribas contra la guerra, pancartas, manifestaciones e insultos al PP incluidos. Ahora comprendemos, que con miles de soldados españoles jugándose la vida en Líbano, Afganistán o Kosovo, Zapatero se quedara en casa durante el desfile del día de la Fuerzas Armadas. Por cuestiones como las que acabo de plantear, y otras que no cabían en esta Tribuna, son muchos los españoles que ponen en duda la ética de Zapatero, duda que no sólo tienen que ver con sus flexibles principios sobre las mismas, si no la ligereza de sus posiciones en torno a los límites de un gobernante y el derecho de los ciudadanos a la verdad. Ni el Gobierno ni su Presidente tienen derecho, ni a mentir ni a eludir la verdad. Como diría Machado, «La verdad es la que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés».

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