LA VELETA
Los españoles las prefieren yankis
COMO lo que natura non dat Helmantica non prestat, el creador artístico está siempre limitado por la dimensión de su talento. Hay quien lo tiene para hacer productos de nulo valor artístico, pero de gran éxito de público (Santiago Segura y sus Torrentes, todos igual de bochornosos), y hay quien dispone de él para hacer obras de factura artística impecable, pero que llegan a un público muy minoritario (Faulkner en la literatura, Kieslowski en el cine o Schönberg en la música, todos igual de geniales y elitistas). Sólo algunos privilegiados, de talento portentoso, pueden hacer obras de arte que reúnen la rara condición de ser geniales y llegar a millones de personas: García Márquez, Mozart o Ford Coppola podrían constituir tres clarísimos ejemplos, por seguir con la literatura, la música y el cine. El auténtico problema se plantea cuando un creador ni es capaz de llegar al arte ni al gran público. Es decir, cuando hace sólo productos pretenciosos -que nadie, salvo el autor y sus amigos, considera de valor- pero que el gran público no es capaz de soportar. Ese es el drama de lo que ha dado en llamarse «nuestro cine»: que, salvadas las excepciones de rigor, es malo y no le gusta a casi nadie. Lo que, dado el hecho de que el cine, además del séptimo arte, es una industria, resulta letal para el negocio. Hay quien piensa que el gusto de los españoles por el cine americano es una tara que nos convierte en un pueblo de idiotas, vendido al imperialismo, e incapaz de saborear las finas mieles culturales del Viejo Continente. Pero no hagan caso, porque el juicio, además de interesado, es un prejuicio. Lo es, en primer lugar, porque los americanos producen de todo cada año: basura para el consumo de amplias masas y cine de altísima calidad que, en muchos casos, resulta también cine de masas. Quien no haya visto Crash, que la compre en un quiosco y sabrá de lo que hablo. A esa circunstancia se añade, además, otra que los de «nuestro cine» olvidan fácilmente: que aquí compramos por millones libros y discos de autores españoles, sin que lo evite la presión industrial americana. ¿Por qué será? ¿Quizá porque, al contrario que el cine, la literatura y la música españolas compiten con la que nos llega desde fuera? Que no se empeñen: ni subvenciones a fondo perdido ni cuotas de pantalla. El cine español no saldrá de su marasmo mientras no siga aquel consejo que -creo recordar- daba siempre Billy Wilder, autor de un montón de películas geniales. Nadie podía hacer buen cine, según él, sin contar con tres condiciones de partida: una buena historia, una buena historia y una buena historia.