EL MIRADOR
La temida reaparición
«EL SILENCIO de Batasuna es el peor de los presagios posibles», dijo el ministro del Interior horas antes de que se produjera el primer atentado importante de ETA tras el fin del alto el fuego, aunque felizmente sin víctimas. ETA había fracasado varias veces en sus intentos de hacer acto de presencia, pero su irrupción era cuestión de días: atentar es fácil, si bien es más difícil cometer un atentado como el de ayer, sin víctimas mortales, que asesinar de un tiro en la nuca. Cabe pues entender que la organización terrorista intentará también en lo sucesivo cometer atentados incruentos, consciente de que una sola muerte acentuaría hasta lo insoportable la repulsa social en que se ha ido convirtiendo aquella oscura complicidad de antaño. Nunca en la ya interminable historia de más de cuarenta años de violencia de ETA fue tan evidente la inutilidad de su acción. Ya no sólo porque nadie en su sano juicio pueda imaginar siquiera una victoria de la banda armada sobre el Estado, sino porque la consideración que merecen sus activistas y simpatizantes ha perdido gradualmente todas sus connotaciones políticas, de forma que hoy ETA ha quedado casi completamente reducida a una organización mafiosa, a una asociación criminal. Es digna de verse la colosal indiferencia con que la sociedad vasca ha asistido al encarcelamiento del portavoz y líder de Batasuna, Arnaldo Otegui, para cumplir la pena impuesta por diversos delitos relacionados con su militancia. Al pueblo vasco le importa un rábano que este promotor de tormentas y amigo de los delincuentes se pudra en prisión, como los centenares de terroristas que están asimismo en las cárceles del Estado con bien pocas expectativas de salir pronto de ellas o de ver cómo un día se cumplen sus inefables ideales, en el supuesto de que puedan albergar tal sutileza los vulgares sayones que han asesinado a más de ochocientas compatriotas con ensañamiento y crueldad sin límites. En realidad, el atentado que marcó un hito en la política gubernamental con respecto a ETA fue el del 30 de diciembre del año pasado en Barajas, que hizo saltar por los aires el proceso de paz, que concluyó materialmente poco después. La brutalidad de la T-4, con dos víctimas mortales, cerró probablemente de manera definitiva el capítulo de las negociaciones con los gobiernos de turno. Con su actitud insegura y traicionera, ETA perdió las últimas oportunidades de conseguir para sí un final más o menos honroso. Tras la vuelta -insoportable- a la violencia, ETA se ha deslizado hacia la categoría irreversible de la delincuencia común. Y con los maleantes sin apelativos no se negocia: se los detiene, se los confina en cárceles, se los retira de la circulación. Éste es el destino de ETA, y sus propios simpatizantes lo saben. Porque sin apoyo social, las organizaciones políticas colindantes y los pequeños delincuentes de la kale borroka tienen sus días contados en libertad. Pero es preciso concluir el trabajo. Hoy, cuando ETA está exhausta y apenas falta un esfuerzo más para que pueda hablarse de su desarticulación definitiva, resultaría absurdo y suicida otorgarle el oxígeno de una radicalización rupturista del nacionalismo hasta ahora llamado democrático (deberíamos cambiar el adjetivo si Ibarretxe continuara retando al Estado de Derecho con su idea de convocar un referéndum ilegal). Hoy es evidente que, teniendo el final de ETA al alcance de la mano, por más que los terroristas conserven su capacidad de matar, hay que dar preferencia a este objetivo, a la explotación de la buena sintonía con Francia para dar la puntilla al monstruo que nos ha amenazado sanguinariamente desde que tenemos memoria. Por supuesto, en esta coyuntura sería muy útil que PP y PSOE recuperaran la sintonía y la unidad. Tras las elecciones de marzo nadie tendrá excusa para no reanudar un consenso antiterrorista que, por descontado, no ha de tener ya ingredientes políticos: el único objetivo razonable es acabar física, policialmente, con ETA.