EL MIRADOR
Parlamentarios a bofetadas
EL ESPECTÁCULO de una asamblea nacional convertida en cancha de boxeo casi nunca ilustra los aspectos más unánimes de la concordia democrática. En Bolivia, la radicalización de la vida pública ha llevado a esas sesiones parlamentarias en las que la palabra soberana es violentamente suplantada por la coz al adversario. En no poca medida, lo ha querido así el presidente Evo Morales al propulsar la radicalización de la política a un extremo de callejón sin salida democrática. Mientras tanto, siguen en La Habana los rumores sobre el fallecimiento de Fidel Castro y la ayuda a los damnificados del terremoto del Perú topa con gravosas disfunciones administrativas e institucionales. Por su parte, Hugo Chávez pretende convertirse en un presidente vitalicio, una mala noticia para quienes tenían la esperanza de que Venezuela podía llegar a rectificar su rumbo actual el día en que una alternativa democrática llegase al poder en virtud del recuento de las urnas. En cambio, Chávez ha puesto rumbo fijo hacia una dictadura absoluta, como dice un comentarista tan prestigioso como Andrés Oppenheimer. El plan de Hugo Chávez consiste en obtener una práctica unanimidad en la Asamblea Nacional para ir luego a referéndum. Todo eso ocurre en un contexto de reducción de la libertad en el espacio mediático venezolano. El prototipo de Evo Morales, a la sombra de Chávez, se viene reproduciendo con pinceladas peculiares en la figura de Fernando Lugo, el candidato de la izquierda populista y radical en las próximas elecciones de Paraguay, un país de seis millones de habitantes. Lugo colgó los atributos de obispo, dada su identificación con la teología de la liberación, y se puso el poncho. Desde entonces está en campaña electoral para ser presidente de su país. Su programa consiste en darles tierras a los campesinos. En estos momentos, le lleva ventaja al Partido Colorado, un paquidermo con tanta historia de permanencia en el poder como herrumbre lleva en su quilla. Lugo ha aparecido en política para quebrar la heterogénea estabilidad paraguaya y radicalizar la política en sentido similar al que practica Evo Morales, con el sostén de Chávez, el nuevo libertador de Sudamérica, como fuera considerado Fidel Castro al bajar de Sierra Maestra. Chávez ya ha anulado a Castro gracias al petróleo que mana en Venezuela. De hecho, el Chávez que dice querer devolvérselo todo a los pobres está propiciando la aparición de una nueva jet set venezolana al amparo de las finanzas incontroladas del Estado. Eso le refuerza en el poder, al menos mientras el precio del petróleo no descienda en forma significativa. Para la oposición, un indicio positivo es la creciente desafección que se da entre los chavistas respecto a un proceso de reelección presidencial vitalicia. El ejemplo pudiera cundir en Bolivia y Ecuador, además de Paraguay si el poncho del ex obispo Lugo se impone electoralmente a los partidos tradicionales. En estos momentos, el mapa político iberoamericano queda dividido en tres áreas: el centro derecha de Calderón en México, Uribe en Colombia, Costa Rica y todavía Paraguay: la izquierda posible en Brasil, Perú, Chile, Uruguay y Argentina; el radicalismo populista en Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia y, por supuesto, Cuba. El caso argentino es de notable ambigüedad, como lo ha sido siempre el peronismo. Puede decirse que Kirchner juega a todas: su esposa Cristina será candidata en las elecciones de octubre y no se descarta la hipótesis de un turnismo entre ambos. Frente a esta situación, personalidades tan destacadas de la oposición como Elisa Carrió y López Murphy buscan a contrarreloj un acuerdo que les permita optar a un buen resultado. Por el instante, las bofetadas en el parlamento boliviano todavía encabezarán algunos telediarios. Eso puede ocurrir hasta que salte la noticia de los funerales de Castro.