AL TRASLUZ
Lágrimas de gigante
TODOS los periódicos han publicado la intensa expresión de tristeza de Gasol. Tras la derrota ante Rusia, en unos segundos finales infinitos, personalizó en sí mismo el revés. No fue un gesto de rabia, sino de inocencia herida, de ahí su destello épico y que en España se haya impuesto al propio resultado adverso del partido. Hay que ser muy grande para entristecerse así. Ganar es preferible a perder, pero en el deporte, como en la vida, hay una verdad más allá de la que impone el marcador. En el más conocido relato de Hemingway enfrentarse con nobleza al gran pez resulta más importante que su captura. La aflicción de Gasol reflejaba más hombría que esas muecas y gestos de los brazos con las que cada vez más deportistas celebran sus victorias, creando una pésima escuela de modales. Perder como lo hizo la selección está sólo reservado a los mejores. A los españoles nos fascina la derrota heroica y absurda, pero ha de ir acompañada de un halo cervantino, de lágrimas de gigante. Falló siete tiros libres, porque los mejores han de recordarnos de vez en cuando que también ellos son mortales. Las fotografías captaron la amargura del niño cíclope, pero tras haber permanecido sin poder articular palabra, como noqueado en un ring interior, hizo una declaración que demuestra que el deporte es mucho más que ganar: «Ahora estamos tristes, pero mañana y pasado seguro que estamos orgullosos». Su momento de desconsuelo ha despertado la simpatía solidaria de los españoles, porque aún creemos en el arte de la adversidad y sabemos que el perdedor conoce emociones que el ganador ignora. Su aflicción brilló como el oro de todas las medallas posibles. Ojalá en el juego político se diera la misma nobleza, pero en esa liga se comen a los árbitros... y no hay reglas.