Publicado por
FEDERICO ABASCAL
León

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CUANDO ETA comete un atentado, ayer ocurrió en Galdácano, nos invita tal vez involuntariamente a recordar que hubo en el siglo XIX dos guerras carlistas y luego, alboreando el XX, el brote de un mesías de cerebro febril y almidonado, llamado Arana, que aún conserva en el País Vasco una legión de creyentes. Y ETA habría enriquecido la doctrina «soberanista» del señor Arana con la confusión suplementaria de un marxismo deshilvanado y criminal. Pero son tan cerriles los nacionalismos militantes, inventen y defiendan en Euskadi unas iniciativas políticas de bombero, como las califican tratadistas prestigiosos, o se dediquen a la actividad de asesinar al prójimo en nombre de un mapa interpirenaico para colección sólo de cartógrafos, que bien merecen un esfuerzo de comprensión, y como el presente no ayuda a comprenderlos, porque viven fuera de nuestro tiempo, nos fuerzan a acudir al pasado, y ¡ahí está! la memoria histórica, para adentrarnos por el túnel del tiempo, si no tuviéramos prisa, hasta la dominación romana, que no consiguió civilizarlos bien, porque no se dejaron. Qué incómodo, en el plano moral, debe ser para un sector de la sociedad vasca, de alto nivel académico y, por lo tanto, de alta responsabilidad, o de pobreza intelectual y rural, en áreas de devoción carlista, convivir con asesinos a los que se ha tratado con afecto, benevolencia y hasta gratitud, pues ellos eran los que sacudían el nogal para que luego pudieran recogerse del suelo las nueces. Ayer volvió ETA a sacudir un nogal en Bilbao, hiriendo al escolta Gabriel Ginés, y hoy no se sabe dónde caerán las nueces. Sólo se sabe que ni la organización terrorista, que tal vez se sienta algo humillada porque han ingresado en la cárcel docena y media de sus servidores civiles, ni el nacionalismo más retador y político van a obtener la menor ventaja del atentado en el que salvó milagrosamente su vida el escolta de un concejal socialista. Y qué incómodo, en el plano intelectual, debe ser para un sector de la sociedad vasca, de alto nivel académico, participar todos los años en el homenaje a don Sabino Arana, fundador de un nacionalismo moderno que nació trasnochado. La endeblez argumental del fundador no sólo es perfectamente demostrable, sino que sorprende por el desequilibrio mental que refleja. Sería arriesgado y tal vez injusto suponer que ese desequilibrio fundacional se observa en el actual nacionalismo democrático, pero no puede ocultarse que entre las tesis de Josu Jon Imaz, basadas en una tradición pragmática, y esa consulta o referéndum que proyecta hasta con fecha fija el lendakari Ibarretxe, incluso mientras ETA siguiera ejercitándose en su violencia asesina, no se observa la menor nivelación; se ve un enorme desequilibrio. Y con ETA augurando en labios de uno de sus servidores civiles en libertad que la confrontación que la docena y media de detenciones suponen podría ser muy dura, por parte de ETA, se entiende.

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