HISTORIAS DEL REINO
Toi Cho chín, aquí y en China
SABIAMENTE advierten las Sagradas Escrituras que el número de tontos es infinito. Aconsejan los sabios apartarse del estulto cuando, además, es malvado por naturaleza, pues a un malandrín inteligente se le puede varear o esquivar sus embestidas. Con el tonto, no, porque desgasta y considera siempre que le pertenece la verdad absoluta y revelada. Seguro que usted, amigo lector, a más de uno ya le ha colocado facciones identificadoras, incluso es posible que luchen entre sí distintos rasgos de variopintos personajes que compiten entre ellos por la Pole de la estupidez. Tonto, además, es quien desconoce la realidad y se la inventa a la caza de un voto perdido. Si Luis, del franco Chlodovicus, fue distintivo de reyes cristianos merovingios, de Buñuel, José es nombre de santo de la Sagrada Familia de Barcelona, de líder comunista de la Unión Soviética, de hermano borrachín del gran Bonaparte. Aquí, y en China, nada más. Narran algunas crónicas que el capellán del duque Lorenzo de Médicis, apodado «El Magnífico», reprendió a su señor con estas palabras: debéis mostraros más compasivos con vuestros enemigos. A lo que éste contestó: ya me gustaría, buen padre, ya, lástima que los haya matado a todos. Y es que la intolerancia, la falta de respeto, la ruptura de la convivencia es peligrosa fuente de discordia civil, más cuando quien la maneja o promueve no es una gran causa social, como las revoluciones de los siglos XIX ó XX, sino una bombillita rechoncha con bigote. Los españoles no desconocemos la cultura catalana, universal en su más hermosa esencia, de Francesc Cambó, Antoni Gaudí, Domènech i Montaner, Pau Casals, Picasso, Antoni Tàpies o tantos otros. Tampoco nos resultan ajenos Ramón Berenguer I, conde de Barcelona, Berenguela de Barcelona, esposa de Alfonso VII de León, el conde Ponç Guerau de Cabrera, cuyos nietos fundaron el monasterio de Nogales, o Guifré el Pilós. En cambio, usted, amigo que aúna nombres de santos y reyes en su D.N.I. y gusta de apellidos no paternos, tal vez convendría enseñarle que las primeras Cortes de Europa fueron las nuestras, las de León, en 1188 y no las catalano-aragonesas de Jaume I. Que después de unas semanas con la dulce Francia del Rey Sol, ese del estado soy yo dicho sobre tacones de drag queen con medias, los catalanes prefirieron libremente defender la causa de los Austrias frente a los Borbones del Oh, là, là allá por los años del cambio dinástico en España. Sumar a las enseñanzas, también, el apoyo de la burguesía catalana a Franco durante los años de la postguerra, o ilustrarle con la dureza represiva de la misma en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera, cuando ordenaban la muerte de los obreros que trabajaban para ellos por negarse a cumplir como siervos siendo hombres libres. Sé que le gusta su lengua, nada más respetable. También que ama a su tierra. Por eso, y por los millones de catalanes que han engrandecido la cultura de todos, España quiere a Cataluña, aunque su nombre, alguien le ha engañado como a un chino, más que Josep Lluis suena al oído con la dulce melodía silábica del Toi Cho-chín. Aquí, y en Calasparra.