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CELSO CURRÁS
León

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EN UNA reciente reunión del pleno del Consejo Escolar del Estado, se aprobó una enmienda para adscribir a todo el profesorado de enseñanza no universitaria al grupo A, es decir, a la más alta categoría funcionarial. Quiere esto decir que los cuerpos docentes que pertenecen al grupo B, entre los que se encuentra el de maestros, pasarían a integrarse en el referido primer grupo. No es esta una demanda nueva. Única categoría de funcionarios para todo el profesorado es una vieja reivindicación sindical. Y hoy podemos afirmar que ya está casi conseguida, y no precisamente por estas vías, sino en el marco del Espacio Europeo de la Educación Superior, siempre que el Gobierno del Estado sea capaz de llevarlo adelante, tal y como ha sido establecido en la Declaración de Bolonia, en 1999, suscrita por 30 Estados europeos, entre los que se encontraba España. Las carreras universitarias tendrán una duración de cuatro años, por regla general. Al final se obtendrá el título de Grado, que capacitará a los estudiantes para integrarse directamente en el ámbito laboral europeo. La propuesta inicial para los maestros es de dos títulos: Infantil y Primaria. Suficientes. La excesiva proliferación de especialidades ha sido, en su momento, un error. Lo cual no quiere decir que ahora no se establezcan diferentes itinerarios formativos. A la formación práctica se le dedicará uno de los cuatro años, simultaneada con preparación académica. Tendríamos entonces nuestra clásica carrera de Magisterio homologada con otras titulaciones que hoy son superiores. Desaparecería su consideración de título medio, equivalente a una diplomatura. Creo que esto es actualmente justo y merecido para una profesión que, además de su gran importancia y trascendencia social, requiere cada día mayores conocimientos y habilidades. Así lo vienen reconociendo diversos países de nuestro entorno, desde hace ya bastantes años. Los maestros ganarán con esta medida prestigio académico. La dignificación económica está alcanzada, afortunadamente, hace ya décadas. Solo queda ahora por conseguir, o mejor dicho por recuperar, su prestigio social, que tan positivo es para la buena marcha de la educación. La sociedad tiene que volver a reconocer y valorar la gran labor del maestro, sobre todo para evitar su desánimo y su falta de motivación. Por mucho que cambien los tiempos, el auténtico papel del maestro seguirá siendo trascendental e imprescindible. Consigamos entre todos que además sea entrañable y prestigioso.

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