León

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LEO EN este periódico que científicos japoneses lograron criar un ratón al que han inhibido, mediante ingeniería genética, el miedo a los gatos. Ya no puede oler a minimo encerrado. Tan sesudo logro sobre lo aprendido y lo innato mereció ser publicado en Nature . No es que uno vea investigadores chiflados por todas partes, pero la noticia me ha recordado algunas películas que más vale continúen siendo sólo ficciones. En un mundo en el que los ratones se acerquen sin temor a sus enemigos naturales ¿a estos les seguirá gustando cazarlos? Al parecer, las pruebas se hicieron con felinos previamente bien alimentados, no fueran a zamparse al gili-ratón de laboratorio, pues debió de ser muy costoso deseducarlo. Supongo que el hallazgo abre extraordinarias aplicaciones sobre los temores humanos: pacientes sin pánico al dentista, tímidos que declararán sus sentimientos, contribuyentes que rellenarán sin taquicardias su declaración a Hacienda, empleados solicitando sin temblar un aumento de sueldo, soldados que avanzarán al grito de viva la guerra que nos mata¿ vale, pero ¿no habría también que darle unos toquecillos genéticos al resto, a los valientes, aunque sólo fuera para equilibrar las fuerzas? Es decir ¿no habría antes que haber creado gatos vegetarianos? Demasiadas complicaciones: mejor será que cada animal tema a quien debe temer. Y respecto a nosotros¿ el miedo nos define como seres humanos. Nacemos, vivimos y morimos con miedo a la oscuridad, en cada etapa de nuestra existencia adquiere una forma diferente, pero en su esencia es siempre la misma. Sólo el amor nos protege del miedo a los zarpazos, a ratones y hombres, mientras el blues del camino suena en el callejón de la vida. Si yo fuera Mickey Mouse pondría el caso en manos de mis abogados.

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