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MIGUEL A. VARELA
León

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DEPOSITARIOS de recónditos secretos o farsantes mercantilistas. Ejemplares caballeros defensores de los valores de occidente o pérfidos intrigantes contaminados por el islam. Beatíficos monjes transmisores del primitivo ideal cristiano o renegados herejes idólatras y sodomitas. Es curioso que una orden como la de los Templarios, que apenas sobrevivió doscientos años, siga despertando siglos después de su desaparición la enorme curiosidad que puede comprobarse con un somero repaso a los fondos de cualquier librería. Pese a las escasas huellas documentales que ha dejado su presencia en el Bierzo, la tradición les atribuye sucesos legendarios que sellan con esta tierra una vinculación muy superior a la que la frialdad de los hechos históricos justificaría. En buena medida, la novela romántica del XIX, con nuestro Gil y Carrasco a la cabeza, alimentaron el mito, renacido con fuerza en el siglo de la Ilustración a la sombra, dice el ínclito Ricardo de la Cierva, de la Masonería. Y si juntamos masones y templarios, ya la hemos liado. Esto s días, el programa «Milenio 3» de Iker Jiménez, al que no se le puede negar su talento para el espectáculo radiofónico, y el ciclo de literatura templaria que el Instituto Castellano Leonés de la Lengua ha organizado, con el siempre polémico Dragó a la cabeza, han vuelto a convertir a Ponferrada en capital de un templarismo frente al que algunos se escandalizan por lo que tiene de innegable tinglado farsesco pero que a la ciudad le viene como anillo al dedo en lo que de promoción turística contiene. Hay, efectivamente, mucho pirado en torno a este mundo, pero hay también un gran interés por el misterio, innato al ser humano, que Ponferrada, sin complejos ni exageraciones, debe aprovechar.

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