Diario de León

CRÓNICAS BERCIANAS

El cierre de Virgilio Riesco

Ponferrada

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ESTABAN muy recientes los horrores de la Guerra Civil cuando Virgilio Riesco y su suegro abrieron en Santa Marina de Torre la que iba a ser una de las minas más emblemáticas de la cuenca del Bierzo Alto. Pioneros en la mecanización de los pozos, con una siniestralidad laboral claramente por debajo de la media de otras explotaciones, y en sus últimos años, convertida por sus trabajadores en un ejemplo de tesón a la hora de defender con éxito sus empleos, el cierre de Virgilio Riesco 68 años después, es todo un símbolo del final de una época. La importancia de la empresa y de sus trabajadores para la pequeña historia de la minería en el Bierzo es reciente. En el año 1994, Virgilio Riesco estaba sentenciada. Con una deuda de tres mil millones de pesetas de las de entonces, la explotación era inviable y así se lo hicieron saber los responsables del Ministerio de Industria y Energía a los representantes sindicales durante los peores momentos de la reconversión minera que hace poco más de una década alumbró el primer Plan del Carbón. La decisión estaba tomada, pero el comité de empresa prefirió no desanimar a la plantilla, y dispuestos a evitar el cierre a toda costa, en noviembre de aquel año, ocho productores se encerraban durante un mes en el pozo Mariángela. Por entonces, un encierro en la mina, el último recurso de presión, todavía conservaba una aureola que perdería en los últimos años, y la tenacidad de los trabajadores, que podían haberse acogido a las bajas incentivadas como hicieron los productores de otras explotaciones, pero fueron un poco más allá, salvó a la empresa. El encierro rompió incluso los esquemas de los propios sindicatos, que no lo esperaban y así lo reconocía estos días Manuel Ángel Rey, delegado de Comisiones Obreras en el comité de empresa. «Fuimos por libre», aseguró. «En Virgilio Riesco querían seguir en la mina». Recibidos como auténticos héroes a su salida del pozo, la empresa ha sobrevivido otros trece años en el mundo declinante de la minería del carbón debido a aquel esfuerzo. Con sesenta productores en plantilla, Virgilio Riesco vendió la explotación a Luis Fernández Rayo, y tras el escándalo de la presunta venta fraudulenta de mineral a la térmica de Compostilla, lo que había empezado siendo una empresa familiar, como tantas otras sociedades que extrajeron carbón durante décadas en la cuenca del Bierzo Alto, terminó en manos del grupo de Victorino Alonso, donde finalmente, los ajustes del segundo Plan del Carbón han conducido a su cierre definitivo y al traslado de 16 de sus 18 últimos mineros -los otros dos se han acogido a la baja incentivada- a otras explotaciones del empresario. Más de tres mil trabajadores han pasado por las galerías de la explotación en 68 años y en todo ese tiempo sólo hay que lamentar la muerte en accidente de siete productores, demasiados todavía, aunque por debajo de las cifras de otras explotaciones similares. Los tiempos están cambiando. La mina ya no da de comer como antes. Y en Santa Marina de Torre saben que el 31 de diciembre han perdido algo importante. Aquello que hacía latir sus entrañas.

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