Diario de León
Eduardo Aguirre
León

Creado:

Actualizado:

NO CREO haber escuchado nunca entera una canción de Britney Spears, pero cómo ignorar su rotunda presencia física, aunque uno, puesto a admiraciones platónicas, admire la belleza más sutil, pongamos Emmylou Harris o Norah Jones. Tras haber vendido millones de discos, la llamada reina del pop es ahora más famosa por su caída diaria en la degradación personal que por sus trabajos discográficos. Tras una lista de desastres grotescos demasiado larga para citarla aquí, un juez le ha prohibido acercarse a sus propios hijos. Antes de vender 83 millones de discos, había trabajado de presentadora en el canal Disney. Demasiado tiempo en la autopista de la nada. Algún lince del markenting le creó un papel de lolita, con increíbles declaraciones sobre su deseo de llegar virgen al matrimonio, a la vez que la vendían -y se vendía- como símbolo erótico para adolescentes con las hormonas revolucionadas. Luego, cuando mantener la credibilidad de tal farol era insostenible, la estrategia fue la contraria, convertirla -y convertirse- en una discípula aventajada del malditismo inteligente de Madonna, pero ¿adónde ir con Paris Milton cómo escudera? No habría muros suficientes para escribir los nombres de los cantantes y músicos que vagan y han vagados por el laberinto de la autodestrucción, pero sin ese deambular por las tierras oscuras, sin su hambre de amor, sin ese anhelo de reposo ¿tendríamos las canciones que nos salvan y ayudan a ser mejores? Sin embargo, no sólo hay arte en el caos. Admito mi simpatía, pero aún más mi compasión por Spears, estrella caída desde su firmamento de neón, víctima del éxito y sobre todo de sí misma. Es cierto, no habría muros suficientes para escribir un mero capítulo de esta vieja historia. Ascenso, caída y, ojalá, redención.

tracking