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VICENTE PUEYO
León

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Y DIJO Miren Azkarate, portavoz del PNV, a las pocas horas de la detención de los etarras Igor Portu y Martín Sarasola: «la violencia de ETA no se combate achicando la democracia, sino cumpliendo y respetando todos los derechos humanos». Y siguió diciendo la portavoz, al hilo de las lesiones que presentaba el primero de los citados y que le llevaron al hospital: «los hechos tienen la suficiente gravedad como para exigir al Gobierno que aclare con inmediatez lo sucedido realmente». ¿Tendrá algún zulo la señora portavoz donde pueda poner a buen recaudo su asilvestrada lengua después de que haya quedado claro qué habían hecho y qué querían hacer estos angelitos malheridos? Es juiciosa la cautela -está claro que crónicas y tertulias están entre los alimentos preferidos de la serpiente etarra- pero a veces constituye un acto de estricta justicia contestar en roman paladino a tanta irresponsabilidad. Y es que todo el trabajo policial y político que se ha hecho y pueda hacerse para poner el punto final a esa locura que parece inagotable seguirá siendo inútil mientras haya personajes como la citada portavoz, o el propio lendakari, que no tengan la valentía de acabar de forma nítida e inequívoca con las manifestaciones y los comportamientos ambiguos. Un mínimo sentido de la humanidad y de la solidaridad obliga, primero, a ser prudentes y después a no olvidar la sangrante realidad que obliga a poner en primer término los sentimientos de los familiares de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, a quienes esos imbéciles aplastaron sus jóvenes vidas en Barajas. ¿Se ha olvidado ya la vileza extrema en el reciente asesinato de los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero en Francia? «No se combate a ETA achicando la democracia...» decía Miren Azkarate. Por supuesto. Ni tampoco con actitudes cobardes. ¿O acaso creen los asépticos nacionalistas no violentos que todo se soluciona con repetir frases hechas abominando de ETA? El PNV ha acumulado una gravísima responsabilidad en estos últimos años al no liderar, entre los ciudadanos que les apoyan y secundan, una corriente de opinión que se pusiera enfrente, una y cien veces, de ese envalentonado mundo radical y marcara los límites que nunca deben ser sobrepasados. Miedo y cobardía son palabras que explican la pervivencia de una situación que está convirtiendo a los vascos, entendidos como colectividad, en ciudadanos de segunda fila, absortos, ensimismados, incapaces de reaccionar. Porque puede «entenderse», aunque sea lamentable, que ETA disponga de una base social que sustente y aplauda sus acciones criminales, pero no es posible entender que siga existiendo esa enfermiza ósmosis con quienes abanderan el nacionalismo que dice luchar sólo con la palabra. Si los cálculos no fallan, en 2009 se cumplirán 50 años de la aparición de ese nombre siniestro llamado ETA que ha destrozado tantas vidas y tantas esperanzas. Medio siglo que ha llenado de oprobio a los vascos de bien. La policía podrá seguir acorralando a la fiera pero sólo en las manos de esa gente reside la esperanza de acabar con ella desde dentro. Y eso no será achicar la democracia sino abrir las puertas hoy cegadas de la libertad.

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