LA VELETA
Chad, caos a la africana
PAÍS entre los más pobres del mundo, con una extensión dos veces la de España y de poco más de 9 millones de habitantes, Chad es titular habitual por la catástrofe humanitaria resultante del conflicto en Darfur y, ahora, por los últimos episodios de violencia interna provocados por las permanentes y enfermizas ansía de poder locales. Como en tantos otros conflictos de nuestros días, Chad aún es víctima del desastroso proceso de descolonización que creó fronteras artificiales. País inhóspito y desestructurado, en el que muchas etnias, especialmente las musulmanas, no se identifican con el país, ha estado tradicionalmente vinculado, económica y militarmente, a Francia, de la que se independizó en 1960. Puzzle de lenguas (además de las ofic iales inglés y francés, se hablan más de 100 dialectos), de 200 grupos étnicos y con la mitad de la población musulmana-sunni y el resto repartido a partes iguales entre cristianos y animistas, los enfrentamientos internos han sido permanentes. En el norte, Toubous musulmanes (divididos entre Tedas y Dazas), que no reconocen la autoridad del Estado ni la frontera con Libia; en el centro, tribus trashumantes árabes, dominadas por los Zagawas y con presencia en Sudán; y en el sur, los Saras, comunidad agraria de raza negra muy influenciada por la colonización francesa. Tumba histórica de la expansión árabe en África negra como consecuencia de una plaga de moscas Tsé-Tsé que acababa con los caballos, su básico instrumento de conquista, Chad se ha visto muy afectado últimamente por la inestable situación de la región sudanesa de Darfur, de donde siempre han procedido grupos rebeldes que pretendían hacerse con el poder, incluido el actual presidente Déby en 1990. La capital, Yamena (antigua Fort-Lamy), concentra el 10% de la población y la casi totalidad de la riqueza. Lo que la hace escenario inevitable en la lucha por el poder. Quien posee el centro de la ciudad, y muy especialmente el palacio presidencial, domina el país. El último intento de derrocar a Déby ha cogido a la comunidad internacional a contra pie. Fatigada de la pléyade de conflictos y desastres humanitarios diseminados por el mundo, la capacidad de reacción ha sido muy limitada. Y con Francia y EE.UU. temerosos ante un posible enfrentamiento directo contra grupos musulmanes y dubitativos por la inclinación, desde mediados de 2006, del régimen sudanés hacia China, atraída por el pastel de su oro negro y que ha significado importantes pérdidas para las petroleras occidentales y la paralización del proyecto de oleoducto hacia el Atlántico atravesando Camerún. Posible mecha de un incendio de alcance regional, la situación, ya de por sí siempre extrema, es menos predecible que nunca.