BURRO AMENAZADO
Plaga agrícola romana
AHORA QUE la pululación de topillos campesinos del año pasado o la actual abundancia de conejos en los campos de la provincia de Valladolid agitan las protestas de los sindicatos agrarios, interesa recordar que las plagas de mamíferos herbívoros en España vienen de largo. Conviene leer a Estrabón y su geografía de Iberia, precioso libro del siglo I, que no solo es un catálogo de territorios y pueblos con el símil geográfico de la Península como piel de toro, sino que contiene interesantes informaciones sobre paisaje, clima, recursos económicos y formas de vida de la gente durante el proceso de romanización. «Hay también abundancia de ganado de todas clases y de piezas de caza, Existe, en cambio, escasez de animales dañinos, con excepción de los lebratos que horadan la tierra, a los que algunos denominan leberides: pues causan daños a los cultivos y a las simientes, al comerse las raíces, y esto ocurre en casi toda Iberia y se extiende incluso hasta Masalia (la actual Marsella), y constituye también una plaga en las islas. Se dice que los habitantes de las Gimnesias (Mallorca y Menorca) enviaron una embajada a los romanos en petición de tierras, pues habían sido expulsados por estos animales, al verse incapaces de oponerles resistencia por su gran cantidad. Quizá ante una invasión tan grande, que no siempre sucede así, sino con una especie de plaga, como la de las serpientes y los ratones de campo, se produce la necesidad de una ayuda tan grande: en cambio, ante una lucha moderada, se han ideado numerosas formas de cacería. Efectivamente, crían en número suficiente gatos salvajes de los que se dan en Libia, a los que ponen un bozal y sueltan luego en las madrigueras: estos arrastran fuera con las garras a los lebratos que capturan o les obligan a escapar hacia la superficie y cuando se precipitan fuera los dan caza los hombres que allí están apostados». El error de Estrabón es llamar lebratos a los conejos, puesto que aquellos no excavan madrigueras.